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el_grito_alterfinesSeguro que algún malpensado habrá colegido ya que al espabilado de Alterfines, con eso de la edad provecta, se le ha debido de pasar por alto encabezar su entrada de hoy. Pues no señor, mira tú por donde; resulta que sí que está titulada…

Que nadie se alarme, o corra a buscar sus gafas contra la presbicia: lo que sucede es que no se me ha ocurrido mejor homenaje a lo rematadamente mal que se está comunicando a los de arriba que no nos representan, que hace tiempo que dejamos de confiar en ellos, que en un momento dado –y esperemos que no muy lejano– vamos a coger el toro por los cuernos y… que sorprender a mis siempre sufridos lectores con algo un tanto singular: el titular invisible. (Y mejor no preguntar en los comentarios qué barbaridad he escrito, pero que no se puede ver, merced a la “magia” del código html: si mi abogado se enterase pediría la jubilación anticipada, no os digo más…).

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Escribir y leer, leer y escribir

Lapiceriglios_alterfinesLos escritores aficionados leemos y escribimos, y escribir nos lleva a leer cada vez más, en una pescadilla que se muerde la cola inacabable. Creemos que vamos a ser capaces de imitar a los dioses de la literatura, y nos quedamos en simples principiantes; voluntariosos, pero eternamente aprendices de un arte que ha tenido y tiene monstruos sagrados, a cuyo lado no cabe sino palidecer.

¿Cómo podría compararse el mejor de nuestros arranques al incomparable “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”, de Dickens, o al igualmente genial, pero lacónico, “Llamadme Ismael”, de Melville? Pero si es que te está pidiendo a voces que sigas leyendo, para ver por qué te tutea un desconocido, si de verdad se llama así o no, o qué importancia puede tener…

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El dinero, la confianza y la hija de nuestros tíos

idolo_pies_barro_alterfinesQue levante la mano aquel que sospeche que el mundo ha sido un lugar mejor en el que vivir. Vale, vale, todos al mismo tiempo lo que habéis conseguido es que se me volase el peluquín… Que la bajen ahora los que crean que el dinero, desde que se inventó como tal, ha sido el principal culpable de la mayoría de nuestros males, por no decir de todos.

Pues hala, ya estamos como al principio: vosotros ahí, con cara de “y éste, de qué demonios ha escrito hoy”, y yo contando las palabras de esta entradilla, para ver si pongo el ‘leer más–>’, y me lanzó de una vez a escribir del tirón aquello que realmente os iba a contar. Que es…

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Sobre gustos, colores… y cifras

teclado_alterfinesLas cifras son curiosas. Como ya os he contado alguna vez, un servidor, es de letras, pero curiosamente (casi) siempre he trabajado en medios de comunicación ligados al mundo de la economía. Y los de letras sabemos bien que a las palabras se les puede hacer decir cualquier cosa. Bueno, pues resulta que a los número también. De hecho, acordaos de aquello tan deliciosamente cínico que decía Winston Churchill, que cito de memoria: “Nunca te fíes de unas estadísticas que no hayas podido manipular previamente”.

Así que como acabo de concluir una de esas inútiles reuniones de los lunes, que tanto les gustan a los directores generales para justificar sus sueldos, tengo servida la entrada de hoy; que lleva muchas palabras –venga, prometo no pasar de 666…–, pero va de cifras. Aunque sin demasiadas operaciones, que como no soy un líder carismático, como otros, corro el riesgo de que 14 millones de lectores se me queden por el camino…

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Preverlo todo, excepto lo que ocurrirá

leyes_murphy_alterfines“Si algo puede ir mal, irá mal”. Así se formula la más conocida de las llamadas Leyes de Murphy. Su autor es Edward Murphy, un ingeniero que había diseñado cierto experimento para las Fuerzas Aéreas estadounidenses, en 1949, consistentes en una serie de experimentos para evaluar la tolerancia del cuerpo humano a las altas aceleraciones. Una de las pruebas requería colocarle 16 acelerómetros en distintas partes del cuerpo del comandante John Paul Stapp. Cada uno de los medidores podía montarse sólo de dos formas. Y el técnico logró montar los 16 de la forma errónea… Al bueno de Murphy no le quedó otra que empezar a tener en cuenta el factor humano en las siguientes pruebas, dejando toda una teoría al respecto sobre la fatalidad de cuanto nos sucede en la vida, cada vez que intentamos aplicarnos a una tarea; bastante más complicada que todo lo que yo ponga a continuación, pero hay que tener en cuenta el cabreo que debió de cogerse en aquel momento.

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Soy de tararear, que le voy a hacer

Soy de tararear, en cuanto tengo ocasión; no puedo negarlo. Y se trata de una costumbre que a mí me encanta, pero que comprendo que a los demás no tiene porque volverles precisamente locos de alegría; intuyo que es más bien al contrario, por la forma en la que abandonan, con discreción pero sin demora, la habitación que compartimos. El caso es que siempre procuro tenerlo presente, desde que la leí una frase de Scott Adams, el dibujante que creó a Dilbert: “Cantar una canción que está sonando por la radio es una de las maniobras más egoístas que existen: se elimina todo el disfrute ajeno, mientras que se aumenta considerablemente el propio”. Y tiene toda la razón, ¿o no? Por eso procuro hacerlo cuando sé que no molesto a nadie. Porque soy perfectamente consciente de que, cuando se repartían atributos, llegué tarde a la sección de oído para el ritmo musical. Bueno, y a otra que me hubiese interesado más, pero sobre eso es mejor correr un discreto velo…

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Me gusta el género ‘negro’

“Era un tipo tan duro que sudaba resina”. ¿Puede alguien decir que esto no es literatura creativa? ¿Que la “novela negra” no está plagada de símiles y metáforas que se encuentran seguramente entre lo más ingenioso escrito por el ser humano? No digo que se trata de obras trascendentales, de compendios del saber humano; digo, o mejor dicho, escribo que un “Ayer estuve en el club Panam’s. Bebí mucho y hablé demasiado. Averigüe con quién, y soluciónelo”, o un “No me infunden confianza los tipos que sonríen como si les ‘tirasen’ los puntos de la fimosis” valen su precio en oro, porque no hay mortal con medio litro de sangre caliente que se pueda resistir a leer las 258 páginas siguientes, a poder ser de un tirón.

Y que conste que no hace falta ser Raymond Chandler, y crear un personaje como el detective Marlowe, que suelte ‘perlas’ como “Era más bien alta, pero tampoco un poste de telégrafos”. Como muestra, un par de botones: “Con un ‘gracias’ hubiera bastado; pero la concisión no estaba entre sus virtudes, y yo, la verdad, nunca he soportado el exceso de azúcar”, o “Cuesta creer que mi madre, que me pone ahora una tirita sobre la rodilla mientras me canta el ‘cura rana’, haya envenenado a tanta gente. Yo lo sé porque yo la ayudo”.

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