‘Cortos de Fondos’ 13/258

Su profesión era la de taxista; sólo que jamás llevaba a nadie a la dirección solicitada, sino a la que él improvisaba en función del humor con el que se encontrase cuando el incauto subía a bordo. Y aunque es cierto que no ganaba un triste euro, también lo es que aprendía mucho acerca de la naturaleza humana.

Y sobre todo, se lo pasaba bomba.

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Grandes profesionales de la ruta

Hace falta estar tarado… Y encima ser un auténtico malnacido, porque estás poniendo en peligro la vida de mucho inocente, que no tiene la culpa de que: a) Se les acabe de pasar la salida del almacén al que se dirigían, porque está muy mal señalizada o b) Les paguen una miseria por kilómetro recorrido y no piensan dar un vueltón para volver al camino correcto.

‘Cortos de Fondos’ 12/258

La llegada de los visitantes coincidió, minuto arriba, minuto abajo, con la hora del café. No habían avisado a nadie, y nadie les esperaba.
Estuvieron observándoles durante un rato –que debido a la tensión de qué hacer se hizo eterno– por la mirilla panorámica de la puerta del apartamento. El joven matrimonio lo había alquilado para pasar las vacaciones de verano con sus dos hijos, y ninguno recordaba haberle facilitado la dirección a los visitantes. De hecho, si no hubiese sido por su manía de poner el volumen del televisor tan elevado habrían simulado que no estaban en casa para librarse de su inesperada presencia.
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El que no se anima es porque no quiere

Genial banda sonora para un cortometraje sobre la pereza de los lunes por la mañana, la desgana de los días 1 de septiembre y 2 de enero o la molicie de arreglarte para salir: a) cenar y conocer así al nuevo novio de tu hija o b) a comer con un antiguo compañero del colegio, rescatado por Facebook, pero que a la hora de la verdad te jode que vaya a estropear el recuerdo que tienes de él.

¿Qué fueron antes, los amigos o el mus?

Como le sucedía a los viejos hidalgos con las siete y media, jugar al mus sólo resulta verdaderamente apasionante si se hace con amigos. Vencer una tras otra a parejas de ejecutivos en un torneo de esos que organiza cierta multinacional francesa del motor resulta tan monótono y previsible como emplear con tu compañera los mejores momentos del sábado por la tarde en una partida de canasta, con otro matrimonio al que conoces desde tiempos inmemoriales, en la que lo de menos son los naipes o el resultado de la timba, y lo de más la hipocresía con la que se despelleja a todo conocido viviente, al amparo de una complicidad a cuatro que dura lo que duran los sandwiches de Rodilla y las Budweiser frías que has llevado a su domicilio

El mus es otra cosa.

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