Las mentiras de la vida diaria

sombras_alterfinesAsistimos a diario, como si tal cosa, al bochornoso espectáculo que nos dan, cada vez que hablan en público, esta ultraderecha que los siete millones de votantes ‘fachas’ –y la dejadez de los tibios– nos pusieron en el Gobierno. Y lo cierto es que mienten como bellacos. Que un político no diga la verdad es consustancial a su naturaleza, pero siempre se agradece el disimulo del que han hecho gala los grandes estadistas.

Ahora, no; un lunes te aseguran que no van a seguir machacando a los más débiles, y el viernes, en el Consejo de Ministros, te anuncian que los ancianos va a ser vendidos a los McDonald’s a menos de un euro el kilo. O nos desayunamos con el consabido “no vamos a subir los impuestos”, que queda matizado durante el telediario del mediodía con un “al menos de momento”, para acabar atragantándonos con la cena, y el cálculo exacto de cuáles van a ser las subidas y de qué impuestos concretos estamos hablando. Pero no son los únicos en emular a Pinocho.

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Los pájaros disparando a las escopetas

mirar_ayudado_alterfines¿Por qué darán tanto miedo los ‘pasamontañas’? Observaba el otro día la portada de un periódico, de los de difusión nacional, y no pude por menos que recalar en una de las fotografía de la sección de ‘Nacional’. Era la instantánea de la detención, en suelo galo, de los últimos energúmenos simpatizantes del terrorismo vasco; y me llamó mucho la atención el semblante de uno de los gendarmes franceses. Tenía al más próximo de los detenidos sujeto por los hombros, puesto que en ese momento les introducían en un furgón blindado, supongo que en dirección a los juzgados. Su cara, vuelta hacia el fotógrafo, mostraba descubiertas –puesto que tapaba su rostro con un ‘pasamontañas’, supongo que para evitar su reconocimiento posterior– las que probablemente sean las dos partes más hermosas de un rostro humano: los ojos y la boca. Y daba miedo.

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No hace falta ser Batman…

El domingo por la noche estuvimos viendo la última de Batman. A partir de este punto, no hace falta que abandonen la lectura quienes deseen verla, sin que les “destripe” nada en absoluto; nada, me refiero, que no hayan visto en cientos y cientos de películas de acción anteriores, en las que un malo malísimo, de esos canallas y facinerosos hasta más no poder, se dedique a poner en peligro el mundo con sus enormes habilidades y su tremenda superioridad sobre el héroe de turno. Habilidades y superioridad que le duran exactamente dos tercios de película; ni un minuto más. Porque a partir de aquello que los teóricos denominan planteamiento y nudo, es decir, en el momento mismo en el que comienza el desenlace, el temido rufián todopoderoso se convierte en el más estúpido de los malvados, cometiendo no pocos de los errores de bulto que recoge el manual “Todo Aquello que un Gran Señor del Mal ha de Evitar en su Objetivo de Conquistar el Mundo”. Que digo yo que todo rufián que se precie, no sólo  debería tener como libro de cabecera, sino manejar al dedillo. Pero si hasta los que hemos participado en juegos de rol nos lo hemos tenido que leer alguna vez…

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Se lo deben de pasar ‘pipa’

Los científicos deben de disfrutar una burrada cuando hacen determinados descubrimientos. Y ya no digamos nada cuando los ponen en conocimiento del personal. Primero, de sus colegas, que se tirarán de los pelos por no haber sido ellos los primeros en darse cuenta. Y más tarde, en el del común de los mortales: los que creemos que la Ciencia, así, en mayúscula, sería seguramente capaz de superar ese truco de David Coperfield, en el que desaparece dentro de una enorme caja negra, montado en su Harley Davidson, para aparecer a 800 metros, en el tejado de un gallinero. Lo que pasa es que los científicos acostumbran a ser algo más discretos –no llegan al laboratorio cada mañana con una enorme capa de terciopelo negro–, y además no creo que, con tanto recorte, su sueldo alcance para una moto tan legendaria en prestaciones como en precio.

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Mira que acordarte de un anuncio, ¡ya te vale!

walkie_talkie_alterfinesRecuerdo que hace un par de años, cuando probaba por primera vez el AVE de Renfe para viajar de Madrid a la Ciudad Condal, el mencionado viaje me reafirmó en dos posturas que ya me barruntaba. Una de ellas es que me sigue encantando volar –vamos, que prefería el venerable “puente aéreo” de Iberia–, a pesar de que ese glamour que tenía antaño subirse a un avión las autoridades occidentales lo han convertido simple y llanamente en transporte de mercancías y ganado. Y que conste que no lo digo sólo por el olor que se escapa de los calcetines de algunos cuando, bajo los arcos de seguridad de la zona de embarque, ha de demostrar uno que no trata de subir a la aeronave para poner en peligro el orden mundial establecido. La otra, y lo siento porque sé que es ir contra corriente, es que los asientos del Talgo me parecían más amplios y cómodos que los de los trenes estos con “cara de pato” y prisas de liebre. Nostálgico que es uno.

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En tardes de domingo como esta

montaña_rusa_alterfinesVaya por delante que a un servidor no le ha gustado nunca perder ni al cara o cruz. Una vez dicho esto, habré de aclarar también que siempre se ha podido contar conmigo para sentarme delante de una mesa, con tapete verde o un simple mantel de hule, a echar una partida. Ya fuera de parchís, de póquer, de ‘Monopoly’ o de tute subastado. El caso es jugar a algo con rivales. Quiero decir con familiares o amigos. O desconocidos. Rivales todos ellos, al fin y a los postres, desde el momento en que se reparten los naipes o se tiran los dados. Un ludópata sin ánimo de lucro es lo que estoy hecho. Un tahúr en las tres acepciones del DRAE; a saber: 1. adj. Que tiene el vicio de jugar. 2. adj. Que es muy diestro en el juego. Y 3. m. Jugador fullero. Efectivamente –y no sé si un lugar tan público es el mejor para reconocerlo, pero a estas alturas…– no solo me gusta, sino que no se me da nada mal y hago trampas si la situación lo requiere y el/los contrario/s está/n en Babia. Qué a gusto se queda uno…

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La lista de la compra

ver_pasar_la_vida_alterfinesDisfrazarme de centurión de las legiones romanas, con penacho rojo incluido; estudiar portugués, por si viajo algún día a Brasil; aprender a cocinar algo más que unos huevos fritos (y mira que soy glotón, caramba); lanzar un martillo de los de atletismo, girando sobre mí mismo dentro de esa jaula; terminar de escribir todos los relatos que tengo guardados en la caja de zapatos o “ennichados” en la pensadera; acabar “Sinué, el Egipcio”, o al menos pasar de la página ventitantos…; volver a repetir con Cristina nuestro viaje de ‘luna de miel’; hacerme el encontradizo con un político, aunque sea local, y explicarle que desprecio a casi todos los de su profesión; correr más que sus guardaespaldas; silbar correctamente una pieza cualquiera de jazz…

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