‘Cortos de Fondos’ 101/258

numero_101_alterfines(La respuesta de Nergal a un comentario mío sobre una ‘entrada’ suya un tanto surrealista, motivó este microrrelato)

Esperé con paciencia a que mi rival desplegase lo mejor de su juego; el ajedrez más brillante del que fuese capaz. En eso consiste básicamente este estratégico deporte milenario, en averiguar lo que tu rival planea antes de que lo lleve a cabo, y bien evitarlo, anteponerte o dejarle hacer, si crees que tienes mejores opciones que él.

Y la verdad es que, poco a poco, mi contrario había llegado a una situación en la partida en que sin duda disponía de una posición sólida. Jugaba con blancas –había querido darle esa ventaja, convencido en mi superioridad– y su planteamiento era propio de una ‘defensa siciliana’, pero con colores cambiados, puesto que debería ser él quien atacase. Mientras que yo, con las negras, apenas disponía de ventaja de espacio en el tablero, pero no de un objetivo claro de ataque. Es lo que los expertos denominan un equilibrio dinámico; vamos, como si un zorro estuviera asediando a una tortuga: mientras ésta no salga de su caparazón, no tiene nada que perder. Y el zorro no puede esperar eternamente…

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La emoción de la novedad

Mi esposa y mi hija adolescente acaban de descubrir que, en un partido de fútbol, existe un lance importante –sobre todo desde que Menotti inventase el “achique de espacios”– que es el fuera de juego. Mi padre lo llama a veces ‘orsay’, que es una reminiscencia del término que se inventaron los de su generación; eso sí, decían que había que castellanizar el nombre del deporte, y lo llamaron balompié.

Y es que cuando juega un campeonato la Selección Española de fútbol, supongo que son miles los no-aficionados el resto del año que dejan sus ‘hobbies’ cotidianos para plantarse delante del televisor durante una hora y media. Y ese es un tiempo muy largo, como para que no se acaben notando sus –lógicas– deficiencias a la hora de conocer a fondo el intríngulis del juego.

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