Esa zanahoria, delante del hocico, que nunca alcanzas…

(Inasequible al desaliento –ya la conocéis– Emy se ha empeñado en elegirme para una de esas interminables ‘cadenas’ en las que todos hemos de escribir sobre un tema. En ésta ocasión, elegido por otra ‘endiablada’ liante, Nieves, a quien no se le ha ocurrido otro asunto para elucubrar que las añagazas de nuestras madres cuando querían salirse con la suya. Esto es: siempre).
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Primero, y más importante que todo lo demás: tuve una infancia feliz no, lo siguiente. Casi como la de la familia de la rama de al lado… Y eso ha marcado todo lo que ha venido a continuación, y lo que me queda de dar guerra en este barrio. Porque soy de los que creen que el dramaturgo británico Tom Stoppard tenía razón, cuando escribió “Si llevas tu infancia contigo nunca te harás viejo”.

Dicho lo cual, tengo la fortuna de poder juzgar la paternidad desde un siempre sano doble punto de vista: he sido hijo y ahora soy padre. Cierto es que mantengo, como ya creo haber escrito en alguna otra ocasión, que los de mi generación hemos sido hijos cuando lo interesante era ser padres, y ahora somos padres cuando el chollo está en ser hijo. Pero disquisiciones filosóficas que darían para discutir durante horas aparte, de lo que se trata hoy es de contar al menos tres de las milongas con las que venía equipada de serie nuestra progenitora. Y a ello voy raudo.

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‘Cortos de Fondos’ 134/258

134-alterfines–”Sé que fuiste tú”.

–”¿Quién te lo ha contado?”.

–”Nadie”.

–”¿Y a quien se lo has contado tú?

–”A nadie”.

–”A ver si lo entiendo: sólo tú crees saber que fui yo”.

–”No lo creo, lo sé.

–”Ya, pero ¿vas a denunciarme?”.

–”No sé. ¿Tú que me aconsejas?”.

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‘Cortos de Fondos’ 132/258

132-alterfinesÉramos una familia modélica, en blanco y negro. Al menos hasta que a mi padre se le puso entre ceja y ceja optar a la distinción solidaria de la diputación provincial, por la adopción de un huérfano africano. Menuda obsesión le entró con aquel asunto: vamos, que no admitía discusión alguna sobre el particular. Yo era aún un chaval al que le empezaba a salir algo más que pelusilla en el bigote, y mi voz no tenía voto. Pero ni los ruegos de mi madre, que apenas se apañaba –y eso que contaba con ayuda– para cuidar de nosotros siete; ni las recomendaciones de mis abuelos paternos, que amenazaron con desheredarle; ni aun los razonados argumentos de sus compañeros de dominó, a los que despreciaba por acomodados, consiguieron hacerle variar un ápice en su empeño.

Y ya se sabe que cuando el tonto coge la linde, o se acaba el tonto o se acaba la linde… A pesar de que no había ni un sólo bebé, ni siquiera un niño pequeño o no tan pequeño ya, o algún adolescente africano para adoptar, en ninguna de las por entonces muy escasas agencias internacionales de adopción, mi padre no quiso presentarse en casa sin nuestro nuevo hermano.

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