Matones espaciales

Cuando nos hayamos cargado definitivamente este pedrusco que viaja por el espacio, o más concretamente en órbita alrededor del Sol, a una velocidad de 30 kilómetros por segundo, y que en su día fue un auténtico vergel –no en vano se lo denominó ‘el planeta azul’– dispondremos ya de la tecnología necesaria para llegar al siguiente, esto es, el pobre Marte, y repetir la hazaña. Se admiten apuestas sobre si para aquel entonces dispondremos también de algo de conciencia…

El hombre que nos llevó a la Luna

sol_alterfinesHace una semana que falleció uno de mis héroes infantiles. Una persona íntegra, que mantuvo su dignidad hasta el último momento. Se trata del astronauta Neil Armstrong, el jefe de misión del Apolo XI, que en julio de 1969 consiguió no sólo posar el módulo que pilotaba sobre la superficie lunar –para asombro de todos los que aguardábamos en su planeta natal–, sino ser el primer hombre en pisar nuestro satélite. Cedequack le dedicó un bonito recuerdo, pero yo estaba en deuda. Que nadie vea en lo que voy a contar a continuación siquiera un atisbo de querer compararme a tan gran hombre, sino una de esas casualidades que tiene la vida, y que, ya sabéis, la vuelven interesante, enigmática, impredecible, maravillosa…

El mismo día en que este ídolo espacial libraba su último combate con las complicaciones posteriores a una operación de corazón, yo estaba tocando Marte. Tal cual suena: asistía a una interesantísima exposición de La Caixa sobre los paralelismos entre la Tierra y el ‘planeta rojo’, y en ella se exponía, dentro de una urna de metacrilato, el fragmento de un meteorito llegado hasta nosotros desde Marte. La caja tenía una pequeña abertura en su parte superior para que fuese posible acariciar, con la yema del dedo, la rugosa superficie de aquella piedra. Y mi Santa y mi adolescente favorita tuvieron que amenazarme con que cerraba el centro –por cierto: una vieja iglesia desacralizada, que hubiese hecho las delicias de Galileo…–, para que dejase de hacerlo una y otra vez.

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‘Cortos de Fondos’ 85/258

numero_85_alterfinesCuando el último hombre sobre la Tierra sopesó si dejar o no con vida al penúltimo hombre sobre la Tierra se dio cuenta de las muchas desventajas que tendría compartir la existencia con aquel desconocido, del mismo sexo, probablemente con las mismas ganas de mandar que él, y con el que además habría de repartir los pocos víveres que quedaban.

Perder a los seres queridos, uno a uno, sí que había sido duro. Incluso dejar que las alimañas alcanzasen y devorasen a su última compañera, porque ni siquiera siendo la única mujer viva había conseguido correr tan rápido como ellos en una huida desesperada entre escombros…

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