‘Cortos de Fondos’ 132/258

132-alterfinesÉramos una familia modélica, en blanco y negro. Al menos hasta que a mi padre se le puso entre ceja y ceja optar a la distinción solidaria de la diputación provincial, por la adopción de un huérfano africano. Menuda obsesión le entró con aquel asunto: vamos, que no admitía discusión alguna sobre el particular. Yo era aún un chaval al que le empezaba a salir algo más que pelusilla en el bigote, y mi voz no tenía voto. Pero ni los ruegos de mi madre, que apenas se apañaba –y eso que contaba con ayuda– para cuidar de nosotros siete; ni las recomendaciones de mis abuelos paternos, que amenazaron con desheredarle; ni aun los razonados argumentos de sus compañeros de dominó, a los que despreciaba por acomodados, consiguieron hacerle variar un ápice en su empeño.

Y ya se sabe que cuando el tonto coge la linde, o se acaba el tonto o se acaba la linde… A pesar de que no había ni un sólo bebé, ni siquiera un niño pequeño o no tan pequeño ya, o algún adolescente africano para adoptar, en ninguna de las por entonces muy escasas agencias internacionales de adopción, mi padre no quiso presentarse en casa sin nuestro nuevo hermano.

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Cartelicos aleccionadores XXXVII

(Un resumen de los enviados a los amigos y conocidos en los últimos tres años)

‘Cortos de Fondos’ 91/258

numero_91_alterfines“Ya ha sufrido por el negocio familiar, entregándole los mejores años de su vida, más de lo que era razonable esperar”, inició la conversación, sobre proporcionarle a su padre un final adecuado, el menor de sus hijos. Los cinco se encontraban reunidos al pie de su cama, en el hospital, mientras el anciano permanecía inmóvil, con los ojos cerrados.

“Y lo ha hecho siempre con dignidad, no postrado en una cama de hospital, a merced de toda esta panda de matasanos”, concluyó su alegato, a sabiendas de que un poco de gesticulación, otro de firmeza y algo de afectación calculada terminaban siempre por convencer a los indecisos.

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‘Cortos de Fondos’ 83/258

numero_83_alterfinesEl vendedor insistía una y otra vez en la idoneidad de aquella póliza, que le había diseñado “a medida” para el tipo concreto de actividades profesionales que desarrollaba. Cubría, entre otros imprevistos, los accidentes laborales de una oficio tan sujeta a riesgos como la artesanía con herramientas de filo; los gastos médicos ocasionados por la pérdida de voz; la asistencia letrada en detenciones superiores a 24 horas, con las que tan a menudo le amenazaban las autoridades por alterar el orden público, e incluso las consecuencias económicas del fracaso de un negocio en ciernes, como el que pretendía poner en marcha.

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