‘Cortos de Fondos’ 132/258

132-alterfinesÉramos una familia modélica, en blanco y negro. Al menos hasta que a mi padre se le puso entre ceja y ceja optar a la distinción solidaria de la diputación provincial, por la adopción de un huérfano africano. Menuda obsesión le entró con aquel asunto: vamos, que no admitía discusión alguna sobre el particular. Yo era aún un chaval al que le empezaba a salir algo más que pelusilla en el bigote, y mi voz no tenía voto. Pero ni los ruegos de mi madre, que apenas se apañaba –y eso que contaba con ayuda– para cuidar de nosotros siete; ni las recomendaciones de mis abuelos paternos, que amenazaron con desheredarle; ni aun los razonados argumentos de sus compañeros de dominó, a los que despreciaba por acomodados, consiguieron hacerle variar un ápice en su empeño.

Y ya se sabe que cuando el tonto coge la linde, o se acaba el tonto o se acaba la linde… A pesar de que no había ni un sólo bebé, ni siquiera un niño pequeño o no tan pequeño ya, o algún adolescente africano para adoptar, en ninguna de las por entonces muy escasas agencias internacionales de adopción, mi padre no quiso presentarse en casa sin nuestro nuevo hermano.

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‘Cortos de Fondos’ 131/258

131-alterfines(Dos aficionados a la fábula escrita, Ocelote y Qwerty, y un servidor nos hemos retado a garrapatear cada uno un microrrelato acerca de una imagen, elegida –con muy malitas intenciones– por los otros dos. Esto es lo que me ha inspirado a mí la fotografía del final. Dejo abiertos en esta ocasión los comentarios, para que ambos puedan explayarse…)

CONVERSACIÓN EXPLORATORIA NÚM. 67* CON EL PACIENTE JRP/1962

(*Se han suprimido, por irrelevantes, las intervenciones del psiquiatra).

Me habéis encerrado aquí; por eso creéis que sois libres. Pero sabed que la libertad no tiene grados, y vosotros también sois prisioneros.

No me importa explicar una vez más como lo averigüé; de hecho, quizá sirva para algo. Se me ha ocurrido muchas veces, cuando era oficialmente cuerdo, al caminar por calles concurridas. Me imaginaba un rasgo común a todos los que se cruzaban en mi camino, y me lo pasaba sumamente bien. A menudo pensaba que eran animales, y a cada persona le encontraba semejanzas con un bicho distinto: un gusano, una gallina, un gato, una araña… Otras veces actuaba como si quienes me rodeaban fueran miembros de la policía secreta, y a todos les descubría rasgos que evidenciaban sus disimulos. Era divertido, porque nunca era verdad del todo, e igual que maquinaba una cosa podía cavilar otra distinta.

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Matones espaciales

Cuando nos hayamos cargado definitivamente este pedrusco que viaja por el espacio, o más concretamente en órbita alrededor del Sol, a una velocidad de 30 kilómetros por segundo, y que en su día fue un auténtico vergel –no en vano se lo denominó ‘el planeta azul’– dispondremos ya de la tecnología necesaria para llegar al siguiente, esto es, el pobre Marte, y repetir la hazaña. Se admiten apuestas sobre si para aquel entonces dispondremos también de algo de conciencia…

¿Quién dijo que ser perfeccionista fuese malo?

¡Venga, qué demonios: que haya merecido la pena empezar a leer esta entrada! Una anécdota para tener conversación con los amigos en el bar, con la vecina estupenda en el ascensor o con el becario a nuestro cargo, mientras se paga el cafelito de media mañana.

Para las escenas de ‘El Resplandor’ en las que no se ve a Jack Nicholson aporrear con vehemencia las teclas, pero sí que se oye el sonido de su máquina de escribir, Stanley Kubrick hizo que sus ayudantes le consiguiesen la grabación de un mecanógrafo escribiendo la frase “All work and no play makes Jack a dull boy”. Y es que algunos asesores le habían comentado que cada tecla de una máquina de escribir suena diferente, y Kubrick, que quería mantener la autenticidad, insistió en que se escribiera esa frase para la grabación. Era un perfeccionista.

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