¿Quién dijo que ser perfeccionista fuese malo?

¡Venga, qué demonios: que haya merecido la pena empezar a leer esta entrada! Una anécdota para tener conversación con los amigos en el bar, con la vecina estupenda en el ascensor o con el becario a nuestro cargo, mientras se paga el cafelito de media mañana.

Para las escenas de ‘El Resplandor’ en las que no se ve a Jack Nicholson aporrear con vehemencia las teclas, pero sí que se oye el sonido de su máquina de escribir, Stanley Kubrick hizo que sus ayudantes le consiguiesen la grabación de un mecanógrafo escribiendo la frase “All work and no play makes Jack a dull boy”. Y es que algunos asesores le habían comentado que cada tecla de una máquina de escribir suena diferente, y Kubrick, que quería mantener la autenticidad, insistió en que se escribiera esa frase para la grabación. Era un perfeccionista.

Una anécdota “cinéfila” que viene al pelo para hablar de la atención a los detalles, por pequeños que sean; del aprecio por el trabajo bien hecho. La preocupación porque las cosas salgan un poco mejor que si se hubiese ocupado cualquiera; sólo porque las hemos hecho nosotros. ¿Es que ya no queda amor propio? ¿A qué profundidad va a enterrar la crisis todo aquello que nos distinguía como profesionales y como personas?

Los psiquiatras creen que, si bien el perfeccionismo nos ayuda aparentemente a lograr más y mejores cosas, de manera a veces inconsciente nos obliga a pagar un precio demasiado alto. Por la tensión que nos genera; porque hace que nos angustiemos con facilidad; por el miedo que nos provoca a equivocarnos y cometer errores; porque nos impide disfrutar de nuestros logros; por el peligro que corremos de sentirnos fracasados o inútiles con facilidad; y así, un largo etcétera de aspectos negativos que poner en la columna del ‘debe’, cuando, según la teoría, la otra, la del ‘haber’ apenas tiene anotaciones, y por tanto la comparación de ventajas respecto a desventajas no merece la pena.

Yo no estoy de acuerdo. Que me acusen, si quieren, de estar autonegando mi afán de perfección, porque mantengo que gusta hacer bien las cosas o que sólo dedicándole toda mi atención a lo que hago consigo un final feliz. Dicen que éstas son frases-trampa, que parecen lógicas y verdaderas; pero que existe una gran diferencia entre querer hacer las cosas lo mejor posible, y mejorarlas cuando se puede, pero sin demasiada angustia o estrés, y empeñarse de manera compulsiva en hacerlas perfectas. Y ahí es probablemente donde yo me apeo de su diván: soy de los que cree en el trabajo bien hecho, en que cada detalle es importante, por pequeño que sea, y en que no importa que nadie se vaya a fijar para pulir un defecto, pero no llego a la paranoia de sufrir por ello, pensar que si no lo logro es que no soy buen profesional, o precipitarme por la pendiente del “qué van a pensar de mí”…

Me gusta ser siempre el primero o el mejor, pero no necesito serlo; creo que se puede y se debe repasar toda tarea para ver si hay algo que mejorar, pero una vez realizada esta comprobación soy el que paga la primera ronda de cerveza negra a todos los participantes en el proyecto –habitualmente yo solo–; me molesta cometer un error, pero no por ello estoy tenso o angustiado si me equivoco o ante la posibilidad de cometer un fallo, precisamente porque sé que he hecho todo lo posible; y por si alguien se lo pregunta, si soy perfeccionista es porque amo el trabajo bien hecho, no por un intento de demostrarme y demostrar a los demás que soy capaz y digno de ser valorado y apreciado.

Y la mejor demostración de esto último es que, a pesar de que mi nivel de profesionalidad hace que tenga una autoestima elevada, sé que hago cosas que no siempre van a salir bien. Por mucho que me empeñe. Como le pasó a Kubrick con ‘El Resplandor’, en la que su perfeccionismo le traicionó, y le llevó a querer elegir en persona a los actores de doblaje para aquellos países, como España, donde la película no fuese a proyectarse en el inglés original. Y así es como Joaquín Hinojosa prestó su peculiar entonación, por primera y última vez, a un Jack Nicholson psicópata con voz de académico de la Lengua; en tanto que Verónica Forqué hacía lo propio con su risa de falsete, para “doblar” a Shelley Duvall, esa pobre y aterrorizada esposa que veía asomar un hacha por la puerta destrozada del baño, mientras suplicaba por su vida como si le estuviese pidiendo al frutero un kilo de naranjas de mesa.

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