‘Cortos de Fondos’ 129/258

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Su padre era un pobre leñador, que vivía con él, en medio del bosque. Era inculto y malvado, y le pegaba; sin motivo o con motivo, siempre le pegaba.

El  progenitor, que era de natural bondadoso, y además persona instruida, se mostraba incapaz de rebelarse ante la perversidad de su vástago, e intentaba educarlo a través de la lectura. Él leía y el hijo escuchaba, hasta que, en un arrebato de furia, le golpeaba; bien porque algo en la historia que no le había gustado, bien porque había tenido sencillo un error de dicción, bien –lo que era mas frecuente– sólo porque le daba la gana.

El padre no aprobaba el modo de proceder de su hijo, ya que creía que con la violencia no se llegaba a ningún lado. Pero tampoco protestaba, pues sabía que tenía enfrente a una persona enferma, incapaz de practicar otra afición que la brutalidad.

Los años pasaban, y su vida no cambiaba. Hasta que un día sucedió ese momento mágico en el que confluyen todos los agravios que se han sido acumulando durante años y años. Se podría decir que su paciencia alcanzó el límite, y sin mediar palabras, mató a su hijo de un certero e intencionado hachazo en la frente.

Y le enterró con el libro; al fin y al cabo se lo había leído tantas veces que ya se lo sabía de memoria.

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