¿La mejor opción?

Me ha hecho gracia recordar una vieja broma de “cazatalentos”, en la que Jesucristo contrata a Jordán Consultores para que le asesoren sobre un posible sucesor con garantías, y estos le responden por carta:

“(…) Simón Pedro es inestable emocionalmente, pudiendo llegar a ser violento en situaciones de tensión. Andrés carece absolutamente de cualidades para el liderazgo. Los dos hermanos, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, colocan sus intereses personales por encima de la lealtad a la empresa. Tomás manifiesta una actitud dubitativa que tiende a socavar su moral. (…)

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Cartelicos aleccionadores II

(Un resumen de los enviados a los amigos y conocidos en los últimos tres años)

Mañoso, pero un poco atropellado

Después de ver el último desfile de F1 –una carrera es otra cosa: mide la habilidad personal de los pilotos o el rendimiento de los monoplazas, no la rapidez con la que los mecánicos ajustan las tuercas a los neumáticos–; tras este edulcorado espectáculo para quien ha visto correr a Prost, y más tarde a Senna, me preguntaba si a nadie se le habría ocurrido antes comparar al bueno de Lewis Hamilton con aquel entrañable malvado de los dibujos animados conocido en España como Pierre Nodoyuna. Hasta que, claro, llegué a Google y me encontré con alrededor de 182.000 entradas al respecto.

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‘Cortos de Fondos’ 2/258

A menudo me tocaba quedarme a hacer de ‘canguro’ de mi hermano, un babeante y ruidoso lactante que había venido a este mundo de modo inopinado, dado que mis padres parecían tener la edad de las Pirámides de Egipto, y al parecer con el único propósito de hacer que yo perdiese el más que dudoso trono de hijo ignorado. Pues bien, nada más cerrar mis juerguistas progenitores la puerta del apartamento le daba tales meneos súbitos a su cuna que el bebé se aterrorizaba y comenzaba a desgañitarse con el llanto más desconsolado que quepa imaginar; de repente, y de igual modo a cómo habían comenzado aquellas sacudidas, les ponía fin de manera inmediata, lo que le causaba una mezcla tal de desconcierto, y al mismo tiempo de tranquilidad, que tenía sobre él un efecto extrañamente calmante: se quedaba dormido con tal placidez que no volvía a molestarme en toda la noche.