‘Cortos de Fondos’ 2/258

A menudo me tocaba quedarme a hacer de ‘canguro’ de mi hermano, un babeante y ruidoso lactante que había venido a este mundo de modo inopinado, dado que mis padres parecían tener la edad de las Pirámides de Egipto, y al parecer con el único propósito de hacer que yo perdiese el más que dudoso trono de hijo ignorado. Pues bien, nada más cerrar mis juerguistas progenitores la puerta del apartamento le daba tales meneos súbitos a su cuna que el bebé se aterrorizaba y comenzaba a desgañitarse con el llanto más desconsolado que quepa imaginar; de repente, y de igual modo a cómo habían comenzado aquellas sacudidas, les ponía fin de manera inmediata, lo que le causaba una mezcla tal de desconcierto, y al mismo tiempo de tranquilidad, que tenía sobre él un efecto extrañamente calmante: se quedaba dormido con tal placidez que no volvía a molestarme en toda la noche.