‘Cortos de Fondos’ 2/258

A menudo me tocaba quedarme a hacer de ‘canguro’ de mi hermano, un babeante y ruidoso lactante que había venido a este mundo de modo inopinado, dado que mis padres parecían tener la edad de las Pirámides de Egipto, y al parecer con el único propósito de hacer que yo perdiese el más que dudoso trono de hijo ignorado. Pues bien, nada más cerrar mis juerguistas progenitores la puerta del apartamento le daba tales meneos súbitos a su cuna que el bebé se aterrorizaba y comenzaba a desgañitarse con el llanto más desconsolado que quepa imaginar; de repente, y de igual modo a cómo habían comenzado aquellas sacudidas, les ponía fin de manera inmediata, lo que le causaba una mezcla tal de desconcierto, y al mismo tiempo de tranquilidad, que tenía sobre él un efecto extrañamente calmante: se quedaba dormido con tal placidez que no volvía a molestarme en toda la noche.

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2 pensamientos en “‘Cortos de Fondos’ 2/258

  1. Hace mucho tiempo, cuando yo era un joven prometedor, tuve una relación sentimental que duró más que la semana y media a la que yo estaba acostumbrado. Fue un mes antes de incorporarme a filas. Ella era preciosa, pero tenía un niño de tres años tan activo que a duras penas era capaz de conciliar el sueño, lo que tenía repercusiones nefastas en nuestros esparcimientos amorosos. Un día tuve la genial idea de iniciar al pequeño en el mundo del deporte y, como si fuese un juego, le animé a caminar unos tres kilómetros. Aquella noche durmió como un tronco. Nosotros no.

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