Cartelicos aleccionadores XLIV

‘Cortos de Fondos’ 126/258

numero_126_alterfinesPodría tratarse de la clásica historia de amor fugaz. De hecho, la conoció de madrugada, en un bar de copas. Estaba sola, como él; y no tardaron mucho en entenderse. Tomaron unos cuantos cócteles juntos, mientras ella tendía su red, con su voz susurrante; tan dulce, que no tuvo reparos en confesarle el motivo de su soledad:

–”Todos los hombres que me aman desaparecen casi de inmediato de mi vida”.

Él se prometió a sí mismo que nunca lo haría. Su amor era auténtico, y no se extinguiría tras una simple noche de pasión.

Se fueron a otro bar, y tomaron otras copas. Él escuchaba, ella lo envolvía delicadamente en sus palabras; él se sentía enamorado como nunca antes había estado.

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Puede que sólo sean palabras

Llevo cerca de tres décadas jugando con mis padres al Scrabble. Un entretenimiento de tablero que pone a prueba el conocimiento del castellano, pues consiste en intenta ganar el mayor número posible de puntos, mediante la construcción de palabras sobre un cuadrado de 15×15 casillas con diferentes puntuaciones. Las palabras, que se pueden formar a partir de siete piezas individuales, cada una con una letra impresa, pueden disponerse en horizontal o vertical, y pueden cruzarse, siempre y cuando aparezcan en el diccionario de la R.A.E.

Un juego de sobremesa que a muchos puede parecer insulso, pero que mis progenitores y yo –mi hermano mayor se nos une siempre que tiene ocasión– hemos convertido desde hace sus buenos 30 años en todo un desafío; no en vano, cerca de 1.600 partidas después seguimos luchando –intelectualmente hablando, claro– por cada punto, por cada ‘triple tanto de palabra’ y por cada definición dudosa. Como el primer día.

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‘Cortos de Fondos’ 125/258

numero_125_alterfinesOdio a ese tipo. No puedo con su falta de espíritu en la vida. Cada vez que me topo con su desagradable rostro me vienen a la memoria las innumerables veces que me ha fallado: su poquedad con las mujeres, sus escasos arrestos con los jefes…

Y a pesar de todo, ahí está él, tan pancho. Se dice autor, y a lo más que ha llegado es a ver su nombre impreso en las cartas del banco. Ni un triste atisbo de cambio; ni un destello de originalidad, que permitan pensar que quiere, que desea hacer algo con su vida; y me refiero a algo importante, que no sea vegetar.

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En el pueblo nos gusta el humor ‘grueso’

Tengo más de tres décadas de vida y de experiencias acumuladas que cualquiera de estos gamberretes. Soy padre; bien es cierto que unas veces más responsable que otras. Tengo una empresa, que tampoco va como para echar cohetes –que le pregunten a mi Santa– y cualquiera que me viese por la calle podría fácilmente confundirme con eso tan desagradable que escuchaba a mis mayores, cuando era un ‘monicaco’: una persona de bien. Y aún así, me encantan las bromas de pueblo, como la que perpetran estos ‘pepsicolos’ con un poco de laxante, unos botes de patatas fritas y unas gaviotas hambrientas.

¡Venga, que es fin de semana! Como decía el genial Gila: “Y si no te gusta la broma, te vas del pueblo”. O de la playa…

‘Cortos de Fondos’ 124/258

numero_124_alterfinesMi tío Fermín se pasó toda su vida odiando las tildes ortográficas.

Mucha gente ignora su modo de empleo, porque durante su época escolar prestaron más atención a observar cómo vuelan las moscas que a adquirir un mínimo de cultura; y ya de mayores se apuntaron al carro de los ignorantes atrevidos: “Habría que terminar de una vez por todas con los acentos, porque son muy confusos y no aportan nada…”. Pero eso es otra cosa, porque no conviene confundir la estupidez de la masa con la manía bien argumentada del hermano mayor de mi padre, que llegó a conseguir, no sin lucharlo en los tribunales durante muchos años, que retirasen el signo sobre las vocales de sus primeros 16 apellidos: García Belinchón Gómez de Rábena Núñez Escartín Puértolas Fernández Infanzón López-Andía Simón Garcés Martínez Escribá de Romaní. Giménez-Acín y Ródenas. Jamás consintió acentuar una sola palabra desde el día mismo en que concluyó el último de sus exámenes universitarios, y fue prescindiendo paulatinamente de la lectura de periódicos y libros, para terminar por amenazar con su escopeta de caza a los carteros que osaban que firmase en el libro de certificados, si le traían una misiva con tildes en la dirección o el remite.

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