‘Cortos de Fondos’ 124/258

numero_124_alterfinesMi tío Fermín se pasó toda su vida odiando las tildes ortográficas.

Mucha gente ignora su modo de empleo, porque durante su época escolar prestaron más atención a observar cómo vuelan las moscas que a adquirir un mínimo de cultura; y ya de mayores se apuntaron al carro de los ignorantes atrevidos: “Habría que terminar de una vez por todas con los acentos, porque son muy confusos y no aportan nada…”. Pero eso es otra cosa, porque no conviene confundir la estupidez de la masa con la manía bien argumentada del hermano mayor de mi padre, que llegó a conseguir, no sin lucharlo en los tribunales durante muchos años, que retirasen el signo sobre las vocales de sus primeros 16 apellidos: García Belinchón Gómez de Rábena Núñez Escartín Puértolas Fernández Infanzón López-Andía Simón Garcés Martínez Escribá de Romaní. Giménez-Acín y Ródenas. Jamás consintió acentuar una sola palabra desde el día mismo en que concluyó el último de sus exámenes universitarios, y fue prescindiendo paulatinamente de la lectura de periódicos y libros, para terminar por amenazar con su escopeta de caza a los carteros que osaban que firmase en el libro de certificados, si le traían una misiva con tildes en la dirección o el remite.

Mi tío Fermín tenía toda una teoría de la conspiración montada en torno a esas imprescindibles virgulillas, que sirven para denotar la acentuación de las palabras. Según me contó, en más de una ocasión, se trata de una especie de código secreto que emplea la élite –tal era su modo de referirse a los poderosos que nos mangonean a su antojo– para transmitirse mensajes, contarse asuntos sólo al alcance de los elegidos, e incluso trazar planes contra nosotros, los simples mortales. Mi tío Fermín era un pobre desgraciado.

Todo el mundo sabe que quienes manejan nuestros hilos se entienden a través de los códigos de barras que llevan las etiquetas de todos los productos –las más gruesas ¡ay, si yo os hablara de las barras más gruesas…!–. Y a los que estamos enterados, porque les hemos descubierto, nos observan mediante microcámaras ocultas en las matrices de puntos de los códigos QR…

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