Puede que sólo sean palabras

Llevo cerca de tres décadas jugando con mis padres al Scrabble. Un entretenimiento de tablero que pone a prueba el conocimiento del castellano, pues consiste en intenta ganar el mayor número posible de puntos, mediante la construcción de palabras sobre un cuadrado de 15×15 casillas con diferentes puntuaciones. Las palabras, que se pueden formar a partir de siete piezas individuales, cada una con una letra impresa, pueden disponerse en horizontal o vertical, y pueden cruzarse, siempre y cuando aparezcan en el diccionario de la R.A.E.

Un juego de sobremesa que a muchos puede parecer insulso, pero que mis progenitores y yo –mi hermano mayor se nos une siempre que tiene ocasión– hemos convertido desde hace sus buenos 30 años en todo un desafío; no en vano, cerca de 1.600 partidas después seguimos luchando –intelectualmente hablando, claro– por cada punto, por cada ‘triple tanto de palabra’ y por cada definición dudosa. Como el primer día.

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La emoción de la novedad

Mi esposa y mi hija adolescente acaban de descubrir que, en un partido de fútbol, existe un lance importante –sobre todo desde que Menotti inventase el “achique de espacios”– que es el fuera de juego. Mi padre lo llama a veces ‘orsay’, que es una reminiscencia del término que se inventaron los de su generación; eso sí, decían que había que castellanizar el nombre del deporte, y lo llamaron balompié.

Y es que cuando juega un campeonato la Selección Española de fútbol, supongo que son miles los no-aficionados el resto del año que dejan sus ‘hobbies’ cotidianos para plantarse delante del televisor durante una hora y media. Y ese es un tiempo muy largo, como para que no se acaben notando sus –lógicas– deficiencias a la hora de conocer a fondo el intríngulis del juego.

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