Puede que sólo sean palabras

Llevo cerca de tres décadas jugando con mis padres al Scrabble. Un entretenimiento de tablero que pone a prueba el conocimiento del castellano, pues consiste en intenta ganar el mayor número posible de puntos, mediante la construcción de palabras sobre un cuadrado de 15×15 casillas con diferentes puntuaciones. Las palabras, que se pueden formar a partir de siete piezas individuales, cada una con una letra impresa, pueden disponerse en horizontal o vertical, y pueden cruzarse, siempre y cuando aparezcan en el diccionario de la R.A.E.

Un juego de sobremesa que a muchos puede parecer insulso, pero que mis progenitores y yo –mi hermano mayor se nos une siempre que tiene ocasión– hemos convertido desde hace sus buenos 30 años en todo un desafío; no en vano, cerca de 1.600 partidas después seguimos luchando –intelectualmente hablando, claro– por cada punto, por cada ‘triple tanto de palabra’ y por cada definición dudosa. Como el primer día.

Tampoco es que tengamos apuntada la fecha exacta en la que empezamos a batirnos sobre el tablero verdoso y cuadriculado, plagado de casillas glaucas y rosadas que son las verdaderamente interesantes. Lo que sí tenemos anotado es el resultados de las partidas más memorables. Y nada mejor para ello que la trasera de cartón crudo de la tapa del juego, que en principio estaba impoluta, pero en la que ahora conviven las mencionadas  anotaciones (puntos totales/número de jugadores/nombre del ganador y puntuación individual del mismo) con los garabatos que en su día –antes de tener Blackberry y desinteresarse por el mundo real y sus moradores– hizo mi hija Alejandra con sus ceras de colores. Así que ahora es la clasificación más ‘naïf’ del mundo. Allí constan al menos 16 partidas en las que superamos, entre los tres, los 650 puntos, con un reparto bastante equilibrado de ganadores. A destacar, las tres veces que rebasamos los 700 (¡hay un 753 de tiempos inmemoriales!), y la vez que mi padre logró anotarse nada menos que 336; lo que supone que, al menos en un par de ocasiones, colocó las siete fichas sobre el tablero.

Y es que en el Scrabble, cada jugador recibe al principio de la partida siete letras al azar. Durante su turno debe colocarlas sobre el tablero formando una palabra válida que aparezca en el diccionario. No tiene porqué colocarlas todas de golpe –ojalá se pudiese hacer en cada turno–, sino que puede jugar cualquier cantidad de ellas. La única condición es que las fichas que se coloquen formen palabras que estén enlazadas con otras fichas que ya haya sobre el tablero. Cada ficha contiene también una cifra que especifica los puntos que gana, si bien algunas casillas del tablero modifican la puntuación de éstas, de manera que debe prestarse mucha atención a la hora de escoger un emplazamiento, y estudiar las alternativas posibles. En esto, por ejemplo, mis padres no tienen ese ‘instinto ganador’ –imprescindible para cualquier actividad que suponga competición con otros seres humanos–, y así, mientras que poseen un vocabulario, y por ende una cultura, mucho mayor, dejan escapar no pocas posibilidades de apabullar debido a su inocencia, a su afabilidad, y a la bondad y honradez de su carácter y su comportamiento.

Huelga decir que tal cantidad de horas frente al tablero han dado pie a infinidad de conversaciones agradables, algún que otro encontronazo ideológico –y no sólo sobre religión o costumbres, sino en deporte, en literatura, cine e incluso política–, y un conocernos más a través de recuerdos y anécdotas vividas. Vamos que se trata de un tiempo juntos que otros hijos tendrán que buscar de modo diferente con sus padres. Pero vaya, que los hay que disfrutan pegando tiros juntos, o yendo a un estadio a chillarle a todo el que no lleve la bufanda del mismo color. Ahora que mi madre ha salido con más pena que gloria de un ictus a primeros de año, las partidas han tomado un sesgo menos competitivo, pero siguen constituyendo una tradición a la que ninguno queremos renunciar.

Puede que sólo sean palabras. Pero para nosotros son un momento mágico de la sobremesa de los sábados, sin el cual encontraríamos –me voy a encontrar en breve,  sí o sí– que nos falta algo por hacer para que la semana sea completa.

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