La otra metamorfosis

Cuando se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, la cucaracha Sqfrdgchs se encontró sobre su cama convertida en una hermosa mujer. Estaba tumbada sobre su delicada espalda, arqueada debido a lo insólito de su postura, y al levantar un poco la cabeza veía un vientre plano, morenito gracias a la playa, y con un gracioso hoyuelo hacia la mitad inferior, sobre la cual apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus dos preciosas y larguísimas piernas, absolutamente proporcionadas respecto al resto de su estatura, se movían traviesas e insinuantes ante los ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.

No era un sueño. La habitación donde se recordaba comiendo un resto seco de comida, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados -su dueña debía de ser una compradora impulsiva-, estaba colgado un cuadro que recortado de una revista y colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.

La mirada de la cucaracha Sqfrdgchs se dirigió después hacia la ventana, y se dio cuenta de que de repente, y sin saber por qué, el tiempo lluvioso -se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana- lo ponía muy melancólico.

«¿Qué pasaría -pensó- si volviese a meterme debajo del mueble de cajones, en busca de restos de comida, y olvidase todas las chifladuras?».

Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a desenvolverse en espacios angostos e incluso pasar entre la pared y la trasera de los muebles, pero con su tamaño actual no podía ni planteárselo. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia la parte inferior del aparador, una y otra vez se daba cabezazos contra el refuerzo de madera de las patas y rodaba por la alfombra. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que verlo, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido…

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