La emoción de la novedad

Mi esposa y mi hija adolescente acaban de descubrir que, en un partido de fútbol, existe un lance importante –sobre todo desde que Menotti inventase el “achique de espacios”– que es el fuera de juego. Mi padre lo llama a veces ‘orsay’, que es una reminiscencia del término que se inventaron los de su generación; eso sí, decían que había que castellanizar el nombre del deporte, y lo llamaron balompié.

Y es que cuando juega un campeonato la Selección Española de fútbol, supongo que son miles los no-aficionados el resto del año que dejan sus ‘hobbies’ cotidianos para plantarse delante del televisor durante una hora y media. Y ese es un tiempo muy largo, como para que no se acaben notando sus –lógicas– deficiencias a la hora de conocer a fondo el intríngulis del juego.

Pero, ¿no sería maravilloso que, después de haber visto tantos partidos, y de asistir a la paulatina transformación de este deporte –que casi todos hemos amado de jóvenes, y algunos lo siguien haciendo de adultos– en una aburrida tortura de pases y pases, y más pases, descubriésemos que hay algo nuevo? ¿Algo que desconocíamos, y que cambia nuestra concepción del juego, como les ha pasado a ellas? Ahora se explican porque el delantero centro no se queda todo el partido junto al portero, a esperar a que le envíen balones para hincharse a meter goles…

¿No es esa acaso la sal de la vida? El sorpendernos constantemente ante las novedades, para evitar tener una vida en la que cada momento sea un calco del ya vivido el día anterior. ¿Qué sacas de una actividad que se ha vuelto rutinaria y predecible? Quiero decir que si sabes cómo juega tu rival al ajedrez, has disputado con él un montón de partidas, y emplea siempre las mismas 2 ó 3 aperturas, y un desarrollo posterior muy similar, ¿dónde está la gracia de seguir retándole ante el tablero? Lo mismo ocurre si sigues las partidas de un campeonato internacional, porque al final cada gran maestro juega con su estilo. Y el estilo es, por definicón, repetitivo. Por eso, cuando el malogrado ‘Bobby’ Fischer movió en cierta ocasión su rey ya enrocado al rincón de la torre y luego pegó ésta al monarca, cambió la forma de entender el ajedrez. No era sólo una jugada –quería dejar franco el avance del peón de delante de la torre e ir a por el cuello de su rival– sino que demostró unos matices sutiles de estrategia que hasta entonces no se conocían de este milenario juego de tablero.

El pasado fin de semana vimos en casa “Moneyball”, que es una película sobre béisbol, pero no de béisbol. El protagoniza, un personaje que interpreta Brad Pitt, se pasa 90 minutos haciendo ver a los que le rodean que “lo viejo” muere, porque ya no es útil; que es hora de renovarse y sobrevivir ante un mundo de tiburones. En “Moneyball” no hay novia de toda la vida, ni chica guapa, sino hija con canción, pero aún así cuenta, y bien contado, algo que puede darse en cualquier deporte y en muchas otras profesiones. Porque habla de la innovación, de las personas que se atreven a hacerlo, y de los palos y zancadillas que se llevan, y envidias que suscitan, estos personajes que creen que el mundo puede cambiar, rompiendo, como se titula la película en español, todas las reglas. Innovadores auténticos, que chocan contra los poderes establecidos. Que dejan que la novedad salga a la luz. La bendita novedad.

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2 pensamientos en “La emoción de la novedad

  1. Te falta añadir que estos días todo lo que haga un deportista español es “histórico” y para los papanatas de los medios hasta las ventosidades de cualquier deportista (que sea español y gane algo, si es un perdedor o es de otro país ni existe) pasan a formar parte de la historia. De esto se deduce que los libros de historia, del deporte se supone, deben ser monumentalmente grandes, que no cabrán en ninguna biblioteca, ni en los servidores de internet en poco tiempo. Si todas las semanas nos quieren hacer creer que hay varios eventos históricos (en el deporte, repetimos) es que nos toman por seres más idiotas todavía de lo que somos. Tanto infantilismo aburre, sobretodo cuando los héroes cobran millones por lo que hacen, en vez de por el beso de la princesa.

    • Es que no puedo hacer textos interminables. Ya me hubiese gustado volcar toda la bilis que me produce la situación, pero habrá otras ocasiones. ¿No ves que vivimos tiempos de “pan y circo”? ¿Cómo, sino, iban a tener callada a la masa? Es una pena, pero como decía ‘Gabinete Caligari’, “y pensar que seríamos bastantes como para hacer la Revolución…”.

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