En tardes de domingo como esta

montaña_rusa_alterfinesVaya por delante que a un servidor no le ha gustado nunca perder ni al cara o cruz. Una vez dicho esto, habré de aclarar también que siempre se ha podido contar conmigo para sentarme delante de una mesa, con tapete verde o un simple mantel de hule, a echar una partida. Ya fuera de parchís, de póquer, de ‘Monopoly’ o de tute subastado. El caso es jugar a algo con rivales. Quiero decir con familiares o amigos. O desconocidos. Rivales todos ellos, al fin y a los postres, desde el momento en que se reparten los naipes o se tiran los dados. Un ludópata sin ánimo de lucro es lo que estoy hecho. Un tahúr en las tres acepciones del DRAE; a saber: 1. adj. Que tiene el vicio de jugar. 2. adj. Que es muy diestro en el juego. Y 3. m. Jugador fullero. Efectivamente –y no sé si un lugar tan público es el mejor para reconocerlo, pero a estas alturas…– no solo me gusta, sino que no se me da nada mal y hago trampas si la situación lo requiere y el/los contrario/s está/n en Babia. Qué a gusto se queda uno…

Pero no es eso de lo que quería escribir. Era más bien algo relacionado con las tardes de estío –y las de otoño, invierno y primavera, ya puestos–, esas en las que necesitas “matar” el tiempo antes de ponerte a hacer algo supuestamente relevante. De las sobremesas de las comidas familiares o con amigos; de aquellas más lejanas de la infancia, en las que lo más importante era lo que sucedía en cada momento. Entonces, cuando a otros les hipnotiza rellenar crucigramas o ‘sudokus’, ponerse con la novela de turno antes de que el sueño convierta la lectura en siesta, o seguir las evoluciones de la vuelta ciclista, el torneo de tenis o la carrera automovilística de turno, a quien suscribe lo que le pone es el tablero, el cubilete, el reloj de arena para medir los turnos, el cuadernillo y el lápiz para anotar resultados, los montones de fichas de colores o de garbanzos…

Para algunos de estos entretenimientos, que precisan una superficie llana y uno o más rivales enfrente –los ordenadores tienen dos pegas: no aprenden y no se dejan engañar–, siempre es bienvenida la buena conversación y, por qué no un Cohiba Siglo III, como sucede a menudo con las cartas. Quién no ha concluido una buena timba cuando el canario caía de su columpio de su jaula asfixiado por el humo no puede decir que haya echado una partida en condiciones. Para otras, silencio y concentración, mientras se busca la combinación de letras para formar la palabra más larga, en el ‘Scrabble’, o la de números que posibilite la victoria al ‘Rummikub’. Y en general, en casi todos estos entretenimientos, se trate del bridge o del ‘Trivial’, el “machaque” psicológico de los contrarios, a los que cada cinco minutos aproximadamente es preceptivo ofrecer la posibilidad de abandonar y conservar el escaso honor que les quede.

Tardes de domingo como la de hoy, mientras esperaba que en mi casa se pusiesen en marcha –la una tras su siesta y la otra tras su Tuenti– para ver si nos vamos a dar un paseo o a disfrutar de una buena película, me he acordado de las partidas de ‘Barricada’ que echaba con mis hermanos. Un juego de Educa que consistía simple y llanamente en recorrer, a base de puntuaciones de un solo dado, un camino en el que los rivales podían llenar literalmente de obstáculos. Parece bastante simplón, y lo era. El problema es que éramos tres, y los dos que peor iban se unían sin necesidad de pactarlo en voz alta para hacerle la vida imposible al tercero. Hasta que éste se rezagaba, y vuelta a empezar: encontraba enseguida un aliado para machacar al primero. Horas y hasta días enteros pasamos “dándonos tiza”. Era igual. La rivalidad entre hermanos –de la que ya escribiré algo específico el día que dios no quiera– suplía las deficiencias del juego. Pero si nos pasaba lo mismo jugando a ‘Vida Salvaje’, otro juego de tablero consistente en dirigir un zoológico e ir adquiriendo especies por todo el mundo: en la vida real habríamos acabado los tres “en la trena” por al menos media docena de delitos, incluido el maltrato animal.

Porque, ahora que lo pienso, si he sido y soy un fullero confeso y hasta la fecha no convicto, es porque, volviendo de nuevo al DRAE, me encanta la primero acepción (1. f. Trampa y engaño que se comete en el juego), pero sobre todo la segunda (2. f. Astucia, cautela y arte con que se pretende engañar). ¿No es esa la verdadera esencia del juego? Y a lo mejor no solo del juego…

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6 pensamientos en “En tardes de domingo como esta

  1. Cierto, quizá por eso me encanta tanto el mus, se presta al engaño, a la mentira, a la venganza, no necesitas pillar buenas cartas, sólo en el momento adecuado, bonito relato jefe.

        • Sasto. Cuando les has visto la seña de medias, has dejado la Grande al tran-tran, para no descubrirte, y esperas con la cachiporra del 7 a los pares: unos reyes-caballos que son gloria bendita, y ellos pensando que llevas unos reyes-pitos guarrindongos, porque has visto incluso un envite a Chica para adornarte…

    • No creas, Nergal. No son los únicos juegos a los que hacer fullerías de todo tipo. Los naipes, lo que tienen, es que Hollywood nos ha enseñado a meterlos en bocamangas, solapas, calcetines y hasta braguetas, pero, por ejemplo, mover una ficha a otro escaque en el ajedrez vuelve loco al rival. Siempre que la partida se alargue en el tiempo, no si le tienes enfrente observándote. Y echar un vistazo al saco de letras del Scrabble con el rabillo del ojo, a ver si pillas una de 4 puntos en adelante, tampoco tiene precio.

      Como veras yo soy tramposo 2.0 versión avanzada 😉

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