‘Cortos de Fondos’ 128/258

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Todos temían ese momento. Todos habían pensado que sucedería cuando el hambre se hiciese insoportable. Eran siete supervivientes, aislados, abocados a practicar la vieja gastronomía del caníbal.

Las discusiones fueron obviamente dramáticas. Pero en cuanto el más flaco del grupo enseñó a sus compañeros la báscula que habían encontrado, entre los restos de la nave, se impuso se impuso la lógica. Con seis votos a favor, y también con uno en contra, decidieron comerse al más gordo. Y no hubo demora, porque el hambre apretaba.

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el_grito_alterfinesSeguro que algún malpensado habrá colegido ya que al espabilado de Alterfines, con eso de la edad provecta, se le ha debido de pasar por alto encabezar su entrada de hoy. Pues no señor, mira tú por donde; resulta que sí que está titulada…

Que nadie se alarme, o corra a buscar sus gafas contra la presbicia: lo que sucede es que no se me ha ocurrido mejor homenaje a lo rematadamente mal que se está comunicando a los de arriba que no nos representan, que hace tiempo que dejamos de confiar en ellos, que en un momento dado –y esperemos que no muy lejano– vamos a coger el toro por los cuernos y… que sorprender a mis siempre sufridos lectores con algo un tanto singular: el titular invisible. (Y mejor no preguntar en los comentarios qué barbaridad he escrito, pero que no se puede ver, merced a la “magia” del código html: si mi abogado se enterase pediría la jubilación anticipada, no os digo más…).

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¿Qué fueron antes, los amigos o el mus?

Como le sucedía a los viejos hidalgos con las siete y media, jugar al mus sólo resulta verdaderamente apasionante si se hace con amigos. Vencer una tras otra a parejas de ejecutivos en un torneo de esos que organiza cierta multinacional francesa del motor resulta tan monótono y previsible como emplear con tu compañera los mejores momentos del sábado por la tarde en una partida de canasta, con otro matrimonio al que conoces desde tiempos inmemoriales, en la que lo de menos son los naipes o el resultado de la timba, y lo de más la hipocresía con la que se despelleja a todo conocido viviente, al amparo de una complicidad a cuatro que dura lo que duran los sandwiches de Rodilla y las Budweiser frías que has llevado a su domicilio

El mus es otra cosa.

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