‘Cortos de Fondos’ 12/258

La llegada de los visitantes coincidió, minuto arriba, minuto abajo, con la hora del café. No habían avisado a nadie, y nadie les esperaba.
Estuvieron observándoles durante un rato –que debido a la tensión de qué hacer se hizo eterno– por la mirilla panorámica de la puerta del apartamento. El joven matrimonio lo había alquilado para pasar las vacaciones de verano con sus dos hijos, y ninguno recordaba haberle facilitado la dirección a los visitantes. De hecho, si no hubiese sido por su manía de poner el volumen del televisor tan elevado habrían simulado que no estaban en casa para librarse de su inesperada presencia.
Porque lo cierto es que no tenían ningún deseo de verles durante el mes de vacaciones; bastante duro era tener que soportar sus visitas periódicas durante todo el rresto del al año allá, en la ciudad. Pero no les quedaba otro remedio que abrirles la puerta. El conserje de la recepción de los apartamentos les habría informado de que en ese instante estaban en el interior de su vivienda.
Y lo peor era que se encontraban en el segundo día de sus vacaciones; lo que sin ningún atisbo de duda quería decir que probablemente tendrían que aguantar a los visitantes durante el resto del mes. De golpe, todos los planes de diversión y descanso se les habían venido abajo. Ya casi preferían que fuera el último día, aunque eso significara volver a la rutina laboral: no sería peor que compartir su ocio diario con los visitantes. Si al menos estos no hubieran dicho, desde el otro lado de la puerta, “vamos, abrid. Sabemos que estáis ahí “, ignorarían sus insistentes llamadas.
Les hicieron pasar con una ampliasonrisa, diciendo: “Qué sorpresa”,”¿Cómo vosotros por aquí?”. Ellos entraron renqueando alegremente, mientras explicaban: “Muy sencillo: conseguimos permiso en el asilo para pasar el mes de vacaciones con nuestros hijos, y aquí estamos”.

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