‘Cortos de Fondos’ 128/258

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Todos temían ese momento. Todos habían pensado que sucedería cuando el hambre se hiciese insoportable. Eran siete supervivientes, aislados, abocados a practicar la vieja gastronomía del caníbal.

Las discusiones fueron obviamente dramáticas. Pero en cuanto el más flaco del grupo enseñó a sus compañeros la báscula que habían encontrado, entre los restos de la nave, se impuso se impuso la lógica. Con seis votos a favor, y también con uno en contra, decidieron comerse al más gordo. Y no hubo demora, porque el hambre apretaba.

Ya en el feroz festín sanguinario que siguió al sacrificio, el más obeso de los que quedaban comenzó a sentirse taciturno, y apenas probó bocado. Lo cual no pasó desapercibido a sus compañeros, que lo compadecían sinceramente. Pero esa misericordia no evitó que cada uno meditase sobre su propia estrategia. Pretextando perjuicios morales, la mayoría se alimentó con moderación…

Sin embargo, resultaba significativo que el descubridor de la báscula mostrase un apetito voraz. Tal era su delgadez que parecía no asustarle el temido aumento de peso. Incluso, entre bocado y bocado, comentó torvamente que una vez probado el alimento, ingerir mayor o menor cantidad era moralmente irrelevante.

Aún no se habían agotado las provisiones cuando inmovilizaron al más grueso de cuantos quedaban. Lo alimentaron con generosidad y, cuando llegó su hora, lo prepararon a la brasa, con más fortuna que en el asado precedente; habían aprendido de la experiencia.

Cuando el quinteto se reunió en torno a la hoguera, para participar en el banquete,  la camaradería se trocó en silencio. Excepto el más flaco, que lo seguía siendo ostensiblemente, los demás, que aparentaban sensibles diferencias de peso, se llevaron a los labios lo imprescindible para seguir viviendo; sin siquiera degustarlo.

La selección de la tercera victima fue, quizá, la más dramática. Era la primera vez que no había seguridad. Y la tensión se mantuvo hasta el final, pues el más flaco se  ofreció generosamente a pesarse en primer lugar.

Fue un festín un tanto extraño. Pues mientras el trío más pesado no comió apenas nada, el individuo más flaco devoraba con fruición las partes de la pieza con mayor abundancia de carne; animado por sus compañeros, que observaban esperanzados como aumentaba de peso.

Y así fue. El más flaco no sólo se tornó el  más pesado de los cuatro, sino también el más fuerte, con diferencia. Y en cuanto termino de roer el último hueso, se deshizo fácilmente de sus inermes compañeros.

Los ingirió con gula, para evitar que los cadáveres se pudriesen. Si había tenido que matar, Dios lo sabía bien, era por necesidad. Y estaba dispuesto a demostrarlo, engullendo hasta el último gramo de carne o grasa comestible. Así lo hizo, y aumentó tanto y tan rápidamente de peso que casi no podía moverse.

Sólo le quedaba un apetitoso muslo, que había dejado en previsión para el final, cuando sombríos pensamientos distrajeron su concentración. Perdió interés por la comida, y envidió a sus seis compañeros de infortunio, con cuyos cuerpos se había mantenido con vida. No podría soportar  fallecer lentamente de hambre; no ahora. Y este pensamiento espoleó su apetito: atacó con fervor el último muslo.

Quince minutos después arribó al lugar del accidente un equipo de rescate, cuyo médico diagnosticó, asombrado, defunción por empacho.

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