‘Cortos de Fondos’ 127/258

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No entiendo por qué mi vida ha cambiado de modo tan repentino. Lo más curioso es que, al menos en apariencia, todo sigue igual. Sigo siendo el mismo. Hago las mismas cosas, sigo teniendo los mismos amigos, veo los mismo programas de  televisión, continúo fumando…

Pero nada es igual que antes. Antes, vivía. Ahora, asisto a las representaciones teatrales en las que participo como un actor que se sabe su papel, y como un espectador complaciente –crítico, a veces– con la puesta en escena de los demás. Incluso cuando estoy solo sé que estoy actuando.

Ayer me pasó algo definitivo. Un compañero de trabajo me dijo, sollozando, que le acababan de anunciar por teléfono la muerte repentina de su esposa. Lo primero que pensé fue que su interpretación era, si bien correcta, un tanto melodramática.

Mientras cavilaba sobre otros fingimientos adecuados al caso, me comporté y hablé de acuerdo con la magnitud de la tragedia y al grado de amistad que me unía al reciente viudo. ¿Sentí dolor? Sí,claro: el adecuado. La triste sensación que debe acompañar un acontecimiento como éste; esto es, algo necesario para meterse bien en el papel. Soy, lo he dejado entrever, un buen actor, y me esfuerzo por ser el personaje que esperan de mí. También sé que los demás interpretes tienden a aislar a aquellos que muestran desidia en la actuación. A veces incluso los encierran, y los  manicomios están llenos.

No sé si estas personas son simplemente malos actores, o han descubierto la farsa y han preferido dejar de participar en ella. Pero me da igual. Yo seguiré actuando como antes. No pienso variar un ápice mi parte del guión. Imagino que me informan de una enfermedad incurable que me llevará a la tumba en un plazo fijo y sé que reaccionaré como corresponde a mi personaje, sin estridencias, con mucha dignidad, aceptando con valor mi destino.

Dentro de diez minutos empezaré a vestirme apropiadamente para el funeral; llegaré a la capilla ardiente con el semblante apesadumbrado y abrazaré con cariño al viudo. Me atendré escrupulosamente a mi papel, y nadie se dará cuenta de que sé que estoy actuando.

Cuando dentro de unas semanas, o unos meses, me tropiece nuevamente con la difunta, no lo advertiré con ningún signo de sorpresa. Como todos los demás, incluso el viudo, cumpliré el guión como si nos supiera que el nuevo personaje está interpretado por la misma actriz. Y me da igual que ella lo sepa o no; yo no pienso decírselo.

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