‘Cortos de Fondos’ 119/258

numero_119_alterfines

No soportaba las fiestas, y mucho menos las celebraciones familiares. Su propio cumpleaños era de hecho la peor de ellas. Mucha sonrisa, mucho chistecito inmemorial para la ocasión, y muchos regalos estúpidos que lo único que le creaban eran problemas de decoración. Tenía muchos parientes; muchos amigos que se tomaban el aniversario de su nacimiento como una fiesta personal. Para colmo, aquel año se les había ocurrido la necia idea de darle una fiesta sorpresa, en su propia casa, para celebrar, según ellos, su quincuagésimo primer cumpleaños.

Se dio cuenta nada más levantarse, a eso de las siete de la mañana. Cuando su esposa le dio los buenos días, pero “olvidó” desearle un cumpleaños feliz. Ahí comenzó su mal humor, que fue creciendo minuto a minuto, a medida que se hacían más y más evidentes los detalles secretos de la sorpresa. Sería por la noche, claro, cuando regresara del trabajo.

En el habitual almuerzo con los tres compañeros de oficina notó enseguida sus estúpidos disimulos de connivencia. Quedaron de acuerdo –sin contar con su opinión– en que irían a echar una partida a su casa al salir del trabajo. Entonces apareció por primera vez en su mente la escena. El abría la puerta de su hogar, convenientemente a oscuras, cuando de repente se encenderían al unísono todas las luces, caían sobre su cabeza tiras de papel y confeti, y una docena de voces gritaba alegremente: ¡Sorpresa¡ Vio, en vividas imágenes, cómo se iluminaban los rostros y cómo surgían las expresiones de alegría programada de sus parientes y amigos, mientras se encendían las luces. Sintió náuseas.

–”Será mejor dejar la partida para otro día”, se le ocurrió, de repente. “No me siento muy bien”.

–”Pero si estás mucho más joven de lo que aparentas” –risa compulsiva de uno, contagiada a los otros–.

–”Lo que tienes es tensión; por el trabajo. Una partida te relajará”, dijo el siguiente.

–”Es que no me siento nada bien”, insistió.

–”Ya verás como al salir piensas de otra manera”, terció un tercero, que no había intervenido aún.

La discusión quedó zanjada, y volvieron en silencio a la oficina. No pudo concentrarse en el trabajo. La película de la supuesta sorpresa se proyectaba una y otra vez en su mente. Concluía y volvía a empezar, con la manida variante de repetición de determinadas escenas; curiosamente las más insoportables y odiosas. Sentía frío, sudaba, vomitó un par de veces. Acababa siendo cierto que se sentía mal. Anunció que no se encontraba bien y que se iba a casa.

Como movidos por un resorte, los tres compañeros se aproximaron a él con presteza, y le dijeron que lo mejor sería que no se moviera, que se calmara un poco. Él veía sus caras iluminadas de alegría en el momento de encenderse las luces de la sorpresa, mientras le sentaban y le forzaban a tomar una aspirina efervescente disuelta en agua. Quedaban dos horas y media de jornada laboral…

Se sintió peor, pero los compañeros continuaron reteniéndole a su pesar.

–”Aunque la cabeza piense lo contrario, el cuerpo ya no es tan joven como antes”, sentenciaba el menos listo.

–”Anda tranqui. No trabajes, pero espera a que terminemos y te llevamos nosotros a casa”, solucionó el que le seguía de cerca.

–”Si no te dejamos ir es por tu bien. En tus condiciones, no es sensato que conduzcas”, apostilló el tercero.

Se sintió tan mal que fue incapaz de levantarse y marcharse ,sin más. Pidió inútilmente que lo llevaran a un hospital.

–”Qué tontería, un hospital. Tú lo que tienes es estrés, y nada peor para el estrés que un hospital”.

–”…y nada mejor que la propia casa. Ya queda poco; en media hora estarás allí”.

Le trasladaron a rastras hasta el coche, mientras él repasaba de manera obsesiva el momento en que traspasaran el umbral de su hogar, se encendieran las luces y todos gritaran alegremente a coro. Cuando llegaron ante la puerta extendió los brazos hacia delante; no soportaba la idea de ver su pesadilla convertida en realidad. Le forzaron a entrar; a oscuras, por supuesto. En ese momento, que tanto había temido, su imaginación se fundió mágicamente con la realidad. Y allí se quedó, y echo la fiesta a perder.

Anuncios