‘Cortos de Fondos’ 117/258

numero_117_alterfinesComo cada mañana, los grandes almacenes habían abierto a las 10 en punto. En la puerta, desde media hora antes, esperaba impaciente casi un centenar de guardia-jurados que deseaban hacer sus compras matinales.
Por fin, un doctor en Ciencias Económicas soltó el cerrojo y presionó el botón que hacía subir automáticamente la verja metálica. Cada vigilante armado se dirigió al departamento en el que deseaba hacer sus compras. Todo respiraba normalidad el día de autos: la oferta de la semana cubría los objetivos de ventas, el stand de libros era el más solicitado, y muchos otros guardia-jurados entraban a los grandes almacenes con la sana intención de adquirir algún producto.

Los hechos tuvieron lugar alrededor del mediodía. Ya anteriormente, un miembro del patronato del Museo de El Prado hubo de invitar a abandonar el local a un vigilante jurado de gran marcialidad y aspecto impecable (pistola reluciente, gorra perfectamente encajada, cerebro vacío…).
Fue a eso de las 12 del mediodía cuando, sin mediar explicaciones, un dependiente, licenciado en Exactas, preguntó a uno de los guardias que merodeaba por su sección si sabía cuál era la raíz cuadrada de nueve. El ‘pistolero’ puso cara de inocente y buscó a su alrededor una cara amiga al tiempo que explicaba que él no había hecho nada, y que si acaso no estaba permitido el libre acceso en aquellos almacenes. El dependiente insistió:

–”¿Dublín, capital de…?”.

La expresión del vigilante jurado era suplicante, pero eso no conmovió ni mucho menos a los presentes, quienes, indignados, comenzaron a increparle:

–”Presente de indicativo del verbo amar…”, le preguntaba uno. “¿A qué temperatura hierve el agua?”, se oía un poco más al fondo. “¿Quién fue Hernán Cortés?”, interrogó a coro el grupo, cada vez más numeroso, de empleados.

Sólo la presencia de una pareja de la Real Academia Española de la Lengua libró al acusado de males mayores; sin embargo, al no poder acreditar su nivel de estudios fue inmediatamente detenido y puesto a disposición de las autoridades culturales. Un corrillo de escritores y artistas pedía a voces su ingreso en la universidad.

Hecho un manojo de nervios, el guardia jurado trató de escapar. Y esa fue su perdición, pues ofuscado, tropezó con un estante de diccionarios y cayó al vacío desde una altura de nueve pisos, por el hueco de la escalera.

Y es que ya se sabe que la cultura, además de provocadora, es muy, pero que muy peligrosa.

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