‘Cortos de Fondos’ 115/258

numero_115_alterfinesComo todos los estudiosos saben, los execrables y poderosos monstruos primigenios no han sido exterminados; simplemente desaparecieron. Y no por su propia voluntad. Esto lo sabía también nuestro protagonista, discípulo de un conocido y respetado experto en estos asuntos, recientemente fallecido en lo que concierne al principio de esta historia.

El sabio difunto había acariciado la puerta en el curso de sus investigaciones, pero  su discípulo no sabía si la había llegado a abrir, y si su muerte era consecuencia de ello. En cualquier caso, se daban las circunstancias extraordinarias que indicaban que en aquel episodio habían intervenido fuerzas que no eran de este mundo.

La expresión de terror del rostro del difunto, y sus pupilas inhumanamente dilatadas, por ejemplo, que estremecieron a cuantos lo vieron, incluido el curtido forense. O los cabellos, realmente de punta, a los que fue imposible devolver su flojedad original, cual si fueran de acero. O la tremenda explosión que destruyó completamente la casona en la que la victima realizaba sus esotéricas  indagaciones. O el hecho sorprendente de que lo único que hubiese quedado intacto, además de los cimientos, fuesen la cabeza y el cuello del profesor; no así el pendiente que colgaba de su oreja izquierda, que se había volatilizado al igual que sus lentes . Incluso, lo que al discípulo le resultó más espantoso: la aparición de una extraña sustancia viscosa que rodeaba, formando un apretado círculo, la cabeza tendida.

Nuestro protagonista, centró su atención en el líquido glutinoso, grisáceo, fétido y sacrílego. Sospechó que en él se hallaba la clave, y naturalmente no se equivoco. Recordó las enseñanzas del sabio que tan ominosa muerte había hallado, y evocó lo que había denominado “el fluido que engrasa los goznes”, cuya existencia había averiguado en libros antiquísimos que se habían perdido irremisiblemente con la explosión.

No se atrevió a tomar muestras de la repugnante sustancia antes de descubrir su auténtica finalidad. Si su preceptor había fenecido, había sido por una manipulación equivocada del fluido, y él no cometería el mismo y fatal error. No solo estaba en juego su vida, sino la propia existencia de la humanidad. Si por negligencia llegase a abrir la puerta que comunica nuestro mundo con la prisión  en que están recluidos los abominables monstruos primigenios, el futuro de la Tierra se desvanecería como una pompa de jabón, Así que se ciñó a lo único que podía hacerse con seguridad; esto es medir el diámetro del círculo, que resultó ser de 22 centímetros exactamente, y repasar sus abundantes notas para intentar hallar alguna luz que guiase su conocimiento.

Con el paso de los días adquirió la convicción de que algo se había despertado en la guarida de las fuerzas del mal. Algo ciertamente execrable y maligno manifestó su presencia con los típicos resquebrajamientos de las paredes de la casa. Cada vez que examinaba algún apunte nuevo, que tuviera relación con la puerta, sufría un sobresalto. Sin embargo, agradeció estos sustos, porque indirectamente le señalaban el camino correcto. Así fue como averiguó en qué se había equivocado su querido preceptor: el fluido no servía para engrasar los goznes, sino para  enmarcar la puerta.

Una silenciosa noche, mientras estudiaba en su casa unas notas que hacían referencia a un extraño conjuro, la presencia de las fuerzas del mal se hizo más  molesta que de costumbre. Hubo crujimientos , gemidos espantosos, olores mefíticos y sonidos quejumbrosos. Mientras huía aterrorizado, supo que al fin  había encontrado la llave.

(En su precipitada huida olvidó las notas en las que había escrito el conjuro que abría la puerta. No obstante, tras una serie de emocionantes vicisitudes, logró recuperarlas haciendo gala de un gran valor y osadía, sobreponiéndose a la batahola de los malignos. Luego las destruyó y también selló la puerta para siempre, con el consiguiente enojo de las fuerzas del mal, que provocaron con sus rayos, estruendos y explosiones inauditas)

Cumplida su misión, el discípulo puso por escrito sus descubrimientos, con el fin de advertir a la humanidad en un artículo que envió a una revista especializada en esoterismo.- El editor leyó aplicadamente los 22 folios del remitido, hizo una bola con ellos, y los introdujo con precisión en la papelera más próxima. ¿Quién iba a ser tan estúpido para creer la historia de una puerta tan pequeña que sólo permitía el paso de una cabeza humana?

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