‘Cortos de Fondos’ 65/258

Apenas hubo sonado la duodécima campanada, aquellos carteles de manifestaciones históricas, pegados con cinta adhesiva a las paredes de gotelé, volvieron a convertirse en lienzos de pintores flamencos del XVII, ricamente enmarcados y con su lamparita individual; el frío metal de la mesa de trabajo, en la que había firmado comunicados sindicales verdaderamente combativos dejó paso a la caoba de un escritorio, que incluía además una alfombra de lana de Cachemir y dos magníficas butacas de piel; y hasta el viejo ‘Stalin’, un chucho de raza indeterminada, pero con expresión de nobleza, recuperaba la mirada asesina de una pareja de doberman con aspecto de no reconocer ni a su padre; y mucho menos a su dueño.

Después de 12 meses, el líder sindical más odiado por las asociaciones patronales de todo el país volvía a ser –tal y como le recordó su hada madrina, cuando le concedió aquel extraño deseo– el repeinado político conservador de moda, a quien tocaba lidiar ahora con una huelga general de proporciones desconocidas en la historia económica del país. Una rebelión en toda regla, organizada precisamente por el hombre a quien los matones del servicio secreto parecían haber hecho desaparecer sin dejar rastro…

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