‘Cortos de Fondos’ 63/258

Me comunicaron el diagnóstico de un cáncer de estómago, en fase terminal, hace 15 años, cuando apenas acababa de entrar en los 40. Y me dieron menos de seis meses de vida. Por fortuna, tan desagradable noticia me pilló libre de cargas familiares, sin grandes ocupaciones laborales entre manos, ni desafíos profesionales pendientes o por venir. Ni siquiera tenía grandes cosas que testar, ni en favor de quien hacerlo.

De modo que primero la emprendí a golpes con el pobre desdichado al que le tocó la paja más corta y hubo de comunicarme la mala nueva. Con alguien tenía que desahogar mi rabia. Pero una vez superada la fase de negación probé fortuna demandando al hospital y a los médicos que me habían tratado. Las innumerables negligencias de uno y otros corrieron a mi favor, pues sus abogados vieron más conveniente para sus clientes pactar con el mío una indemnización generosa en ceros. Como si yo hubiese tenido tiempo y ganas para un pleito largo…

Lo que me enseñó todo este asunto son dos cosas: una, que los médicos, más a menudo de lo que creemos, no tienen ni puñetera idea de cómo funciona el cuerpo humano, y mucho menos las enfermedades que lo amenazan; y mira que llevan siglos experimentando con nosotros. Y dos, que uno no debe dejarse llevar por el ansia y permitir que los acontecimientos le desborden. De otro modo, no estaría escribiendo esto desde una celda: apenas una semana después de cobrar esa pequeña fortuna, la policía me detuvo por el asesinato de una prostituta de lujo, en la ‘suite’ de un gran hotel, después la que yo pensaba que sería una de mis últimas noches de juerga. El jurado me halló culpable y aquí habré de permanecer otros 15 años de condena, si el cáncer no me echa una mano antes. De estómago o de lo que sea.

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