‘Cortos de Fondos’ 55/258

Puesto en pie sobre la mullida alfombrilla antideslizante del cuarto de baño, y mientras cumplía con la tarea diaria de afeitarse, una vez acabado el café y antes de salir pitando al autobús, comenzó a fingir que dirigía a la Orquesta Filarmónica de Leipzig interpretando “La Primavera”, el primer concierto de “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi, que sonaban en su iPod.

Cuchilla de rasurar en ristre –golpeada tres veces consecutivas contra el borde de la loza del lavabo, para alertar a la sección de vientos– marcaba el ritmo allegro que deben ir adquiriendo paulatinamente las cuerdas para simular el canto de los pájaros. Especialmente violas y violines, que deben empezar como mar de fondo. 

No quería precipitarse, pero tampoco ser de esos directores ‘pesados’, como Von Karajan, capaces de alargar sin necesidad cada ‘presto’ y cada ‘vivace”. Además, sabía por experiencia que si no llegaba a tiempo a “El Verano”, apenas le quedaría media hora para vestirte, coger el portafolios y bajar las escaleras, en tramos de tres en tres, para no llegar tarde a la sucursal bancaria en la que malgastaba su pasión de melómano. Cepillos de dientes y tubos dentífricos, a un extremo del lavabo, y cepillos y peines al otro, esperaban inertes su orden de entrada; que sería al terminar de repasarse la sotabarba y antes de enjuagar de nuevo la “varita” para atacar el bigote.

Pero como todo el mundo sabe –o debería de recordar de su paso por la escuela–, esta estación en concreto se caracteriza por un estallido vibrante de la naturaleza. Que llega, como no podía ser de otro modo, sugerido por los instrumentos de percusión. Como el repentino estruendo de sus 98 kilos golpeando contra las baldosas de mármol, al tropezar con su gata, “Partitura”, no sin antes desafinar el compás 12/8 al desnucarse con la taza del inodoro.

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