Tiene un mérito enorme

A sus 87 años, mi padre está escribiendo sus memorias. Ah, y añadiendo a diario entradas a su ya de por sí extensísimo diccionario para crucigramistas expertos. Todo ello en un viejo eMac que le regalé para que sustituyera otro ordenador, de los de la manzanita, aún más viejo.

Porque, mientras que los de mediana edad –los adolescentes son otra historia, y lo sé porque lo vivo en casa a diario– nos peleamos con frecuencia con las nuevas tecnologías, él, como si hubiese manejado teclados y ratones toda su vida, anda poniendo al día su particular memoria histórica. Que nadie se atreva a decirme que no tiene mérito…

He de reconocer que al principio le echó un poco para atrás. Pero como firme defensor que soy de los avances que nos facilitan la vida, no podía permitir que siguiese aporreando una máquina de escribir, una Olivetti creo recordar, en estado semicomatoso, y gastando paquete tras paquete de folios de papel blanco y botes enteros de líquido corrector –he sentido la tentación de poner “de Tipp-Ex”, pero ya se me ha pasado–. No tardé en convencerle cuando vio las ventajas que tiene el poder corregir los textos, y cambiar su formato y tipografía, a voluntad. De este modo además, me ha sido posible editar sus diferentes escritos: comenzó su aventura digital con un extenso relato sobre cierto viaje a pie que hizo a Zaragoza, a principios de los años 50, para acompañar a un amigo que debía cumplir una promesa hecha a la Virgen del Pilar. Es asombroso como puede recordar detalles aparentemente nímios de hace siete décadas y olvidar a veces lo sucedido el verano pasado.

Además,lleva ya medio centenar de hojas de Word con lo que él mismo ha denominado “Relatos Inconexos de mi Vida”, que son una colección de anécdotas y datos más o menos exactos sobre su vida: desde la infancia y preadolescencia, en plena Guerra Civil en Madrid, hasta las anécdotas más recientes con sus nietas. Y las pasadas Navidades, sus hijos nos liamos la manta a la cabeza y nos buscamos una imprenta que nos pusiese en negro sobre blanco, con cubiertas a color, el “Diccionario Ballester”, que es como titulamos su obra cumbre: una recopilación de entradas imposibles para crucigramistas tan raros como él, y cuyo texto de contraportada no me resisto a reproducir:

Bernabé Rodríguez Ballester (Madrid, 1925), el autor del diccionario de definiciones que tiene en sus manos, no mostró hasta bien entrada la edad adulta su pasión por esos enigmas múltiples consistentes en parrillas de huecos en blanco pendientes de rellenar con letras que formen palabras en sentido tanto horizontal como vertical. Vamos que ni su infantil deambular pandillero entre los tiroteos del Madrid de la Guerra Civil, ni su posterior entusiasmo juvenil por el balompié –cuando el Real Madrid ganaba Copas de Europa– hacían presagiar que acabaría volviéndose adicto al ‘Damero Maldito’ de Conchita Montes, en ‘La Codorniz. Pero como le sucede a los heroinómanos, pronto éste endiablado pasatiempo dejó de tener interés para nuestro protagonista, que se pasó sin solución de continuidad al ‘Dificilísimo’ del semanal ‘QUIZ’, que ya no ha abandonado hasta la actualidad, y que sólo sustituye los sábados a media tarde por la “metadona” del ‘Scrabble’ (otra vez palabras sobre una cuadrícula 15×15…), en el que, eso sí, sufre sonadas derrotas a manos de su esposa Mª del Carmen Parrondo y su hijo mediano.

La presente obra tiene su génesis en un ‘Diccionario Auxiliar del Crucigramista’, de Manuel Hernández Corredera, que le regalaron sus hijos unas Navidades. En primavera, ya se le empezó a “quedar corta” una obra, cuyo sabio manejo dejaba los crucigramas de Ocón de Oro al alcance de cualquier patán. Pues bien, las hojas blancas de cortesía de dicho compendio del saber le sirvieron a modo de apéndice para las decenas, primero, y cientos de nuevas acepciones, poco más tarde, que iban surgiendo con la resolución de cada nuevo desafío semanal. Llenos a rebosar los dos volúmenes que conformaban aquel salvavidas para crucigramistas mediocres,  comenzó a llenar cuartillas blancas, que tuvieron que ser posteriormente clasificadas por letras en una carpeta, antes de que, a mediados de la pasada década, heredase un viejo Macintosh con el que ponerse manos a la obra: a los setenta y tantos bien cumplidos, y con los mismos conocimientos informáticos que la Madre Teresa de Calcuta, se propuso pasar todas aquellas definiciones a un ordenador, con la excusa de que le resultase más fácil consultarlas. Tarea que le llevó un par de meses…

Ahora, la “baya de un ovario ínfero, coronada por un cáliz persistente”, las “barbas del maíz en su primera época” o la “bayadera del rey Dahomé” ya no son un secreto: ni para quien tenga conexión a Internet (es decir, cualquier ciudadano que se monte en un autobús urbano y entre en Google con su móvil), ni para los 10 afortunados que poseemos un ejemplar con la obra, siempre inacabada, de este porfiado y tenaz amante de los desafíos. Ah, y de las palabras.

Está hecho un fenómeno. ¿De dónde habré sacado yo esta manía de contar cosas…?

Anuncios

9 pensamientos en “Tiene un mérito enorme

  1. muy bueno compañero. sólo he echado en falta la conexión o dirección (tentado he estado de poner link) donde poder consultar la obra. Por comprobar: meto “Diccionario Ballester” en San Google y: Aproximadamente 342.000 resultados (0,16 segundos) . Vamos a tener que concretar. Recuerdos al jefe.

  2. La verdad es que sí, tiene mucho mérito, sin duda, es también sorprendente su pasión por los crucigramas y el cómo le han acompañado en su vida, la verdad es que sí, tiene que merecer la pena ese hombre.

    Saludos.

  3. Es precisamente esa juvenil ilusión la que le mantiene agarrado a la vida. Y la que le hace merecedor de mantenerse en ella, para deleite de sus seres queridos.
    Su afición por los crucigramas me recuerda a mi época estudiantil, en la que tuve el honor de conocer a don Pedro Ocón de Oro y colaborar modestamente en alguna de sus revistas de pasatiempos. Precisamente escribí una entrada en mi blog contando esa relación.
    Me siento totalmente identificado (y no es buen síntoma) con su capacidad de recordar lo antiguo y olvidar lo reciente. Creo que del 80% de las cosas que recuerdo con absoluta nitidez han transcurrido por lo menos treinta años. Tengo que pensar para acordarme de lo que he comido hace un rato, pero recuerdo con absoluta nitidez las respuestas a muchas preguntas del colegio.
    Mi madre tiene 86 años y se comporta de la misma forma que tu padre. Larga vida para ambos.

    • Sí, creo que nosotros también nos estamos haciendo muyyyyyyyy mayores, Macondo. Gracias por pararte un rato a leer estas cosas que escribo, que las más de las veces apenas tienen interés sino para mi mismo.

Los comentarios están cerrados.