‘Cortos de Fondos’ 43/258

Los niños correteaban incoherentemente por el parque cuando se arrellanó con su periódico en uno de los bancos públicos. Diez minutos después abandonaba el diario en su huida. Seguido de los niños, que le lanzaban piedras y otros objetos contundentes, y se no cesaban de mofarse de él.

Cualquiera que hubiera pasado por una experiencia así estaría asombrado; más no él. Era una escena que resumía su infancia, su adolescencia, su juventud y su madurez. Desde que tenía memoria siempre había despertado de modo inopinado la agresividad de cualquier colectivo humano. Y los niños eran muy poco sutiles al respecto.

Pero ya estaba viejo, y no tenía nada que perder. Alcanzó el coche, seguido de la lluvia de piedras y de los pequeños agresores. Abrió la puerta, y las criaturas se acercaron audazmente. Allí estaba el fusil de asalto, engrasado a conciencia y suficientemente cargado como para vomitar una treintena de balas en apenas unos segundos. Lo malo es que la ansiedad le hizo trastabillar, y la policía científica dictaminó que, de modo inexplicable, él mismo se había agujereado la cabeza con la única ráfaga que salió del artefacto. Eso sí, entre la sorpresa y las risas de los niños.

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