El fútbol, ese deporte mediocre

Llegamos al final de la Eurocopa de ese mal denominado “deporte rey” –pues no es sino una extraña y multimillonaria versión del circo de payasos, trapecistas y titiriteros de toda la vida–, y no se me ocurre otra cosa para escribir hoy en este ‘diario’ que sobre fútbol. ¿Qué quieren? Es lo único de lo que nos han estado hablando esta semana los medios de comunicación a los que huíamos de la letanía de la crisis económica, las sudorosas temperaturas estivales o de la amenaza de del fascista gangoso que nos preside de hacer o decir algo que hunda aún más la moral del país. A pesar de que se trata de un deporte que, como espectáculo, es mediocre, y como entretenimiento, aburrido. ¿Cómo sino se explica que, después de 28 partidos disputados, y 28.268 pases dados, sólo se hayan conseguido 69 míseros goles?

Pero no voy a hablarles de eso, que resultaría demoledor. Se me ha ocurrido otra cosa para elucubrar. Y es que si la vida en general se pareciese al balompié hay algunas cosas curiosísimas que nos pasarían a los que nos movemos por la ciudad y hacemos constantemente cosas en la calle. Voy a contarles lo que sucedería si los ciudadanos de a pie nos comportásemos como les permiten hacer en los últimos tiempos a la mayoría de los aficionados al fútbol.

Para empezar, estaríamos la mayor parte del tiempo hablando sobre cualquier tema de oídas. Es decir, lo que hacen todos los que discuten de fútbol cada lunes, como si les fuera la vida en ello, que no pisan un terreno de juego más que de tarde en tarde, y siguen los avatares de la liga a través del transistor o, en todo caso, merced a las imágenes del televisor. Pero ¡qué digo! Si es que eso ya pasa: cuántas amas de casa, tertulianos de la radio, conserjes de fincas, políticos o taxistas no habré escuchado yo decir que si les dejasen a ellos arreglaban el mundo en dos patadas. Y en cuanto les preguntas, eso sí discretamente para no “hacer sangre”, si saben lo que es el Euribor o conocen mínimamente las condiciones del “rescate” de un país –en fin, lo que podría hacer a cualquiera hablar con un poco de “propiedad”– te dicen que nones, pero que seguen toda la crisis por las revistas y los portales especializados… Es más, al estilo de los malos entrenadores, que arremeten en cuanto pueden contra la principal estrella del equipo, algo en decandencia, y ponen de vuelta y media a su máximo rival –aunque les lleve 14 puntos de ventaja–, si perdemos el encuentro, nada como echarle la culpa al anterior Gobierno. O al juego sucio que ha practicado el país vecino, sin que quien debiera vigilar el juego limpio haya dicho este silbato es mío. Excusas.

Pero es que además, como sucede con el balompié, se elegirían los culpables de esta situación en base a motivos absurdos: que si eres del Celta porque naciste en Vigo o del Betis porque tu abuelo te encasquetó un día de estío una gorra verdiblanca, para que no cogieras una insolación. Y tendríamos que tratar de buscar una solución a la crisis en función de criterios tan disparatados como la ciudad natal de sus padres, o simplemente por seguirle la corriente a los amigos.

–“Qué barbaridad, lo que estamos sufriendo últimamente los de la Calle de Narváez con esto de la crisis del consumo…”.

–“¿Y por qué no haces como los de la Glorieta de Cuatro Caminos?

–“¿Qué dices, hombre? Si soy del Barrio de Retiro…”.

Otra cosa que haríamos es juntarnos en grupos vociferantes y cejijuntos de salvajes e irracionales para matarnos entre nosotros. Así, en cuanto unos pocos simpatizantes de Mario Vargas Llosa vieran a un grupo de gente cuyas preferencias se inclinan más por Camilo José Cela ya la tendríamos liada: les perseguirían dando vivas a sus viajes por la Alcarria y alabanzas a la familia de Pacual Duarte hasta alcanzarles y, tras una batalla campal, la quema de unos cuantos contenedores de reciclaje y dos o tres cargas policiales a caballo, quedaría claro que la mejor novela en castellano es la del autor cuyos forofos hayan abierto más cráneos de contrarios. Como en las ferias del libro, vamos.

Pero lo más estúpido, sangrante e irracional de todo es que celebraríamos nuestros triunfos y aun nuestros más ridículos logros molestando al personal y ocasionando problemas al resto de los ciudadanos. ¿No colapsan el centro de Sabadell los seguidores del equipo arlequinado sólo porque éste se ha librado de bajar a Segunda? Pues nosotros no vamos a ser menos.

–“Lléveme a la Puerta de Alcalá”, pediríamos al subirnos a un taxi.

–“Pues como lleve usted prisa, apañado está: al haberle concedido el premio Nobel de Medicina, los seguidores de Mariano Barbacid están celebrando sus avances en pos de una cura contra el cáncer destruyendo el centro de la ciudad en un lamentable estado de completa ebriedad…”.

No se me enfaden: sólo pretendía arrancarles unas sonrisas, que bastante feo está se presenta el patio. Como decían Tip y Coll allá por los años 70, la próxima vez les hablaré del Gobierno; no olviden que la diferencia entre los fantasmas de castillo y los de la política es que a los primeros se los convoca, mientras que los segundos están en los ministerios…

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2 pensamientos en “El fútbol, ese deporte mediocre

  1. Me parece muy estimulante la comparación que estableces entre el mundo del futbol y el mundo real, aunque creo que en algunos casos te quedas escaso.

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