Ya no nos queda ni la palabra

A veces recuerdo las collejas de mi madre cuando cometía faltas de ortografía garrafales y no le quedaba más remedio que hacerme pasar el verano copiando los dictados del Miranda Podadera, el eximio gramático que suguramente ha acumulado el odio de varias generaciones. El caso es que aprendí a colocar casi todas las tildes, y a no confundir el animal vacuno que nos proporciona leche con la estructura metálica que sirve para cargar el equipaje sobre el techo de los automóviles.

Luego, la lectura y algunos de los profesores de la Facultad de Periodismo –sobre todo la primera– me enseñaron que no vale con colocar las palabras de modo correcto, cono sus comas y sus puntos y aparte, sino que éstas tienen una magia especial que hace que, según como las combines, lo que escribas le interese a mucha gente o sólo a tu señora madre, que sigue leyendo lo que escribes por si ha de recuperar las viejas caricias cogotiles.

Escribo sobre estas cosas –que no se yo si le interesarán a mucha gente– porque acabo de recibir la publicidad de una marca de coches de lujo, que lanza un nuevo modelo. La carta dice: “Combina la distinción que exige un estilo de vida profesional con la funcionalidad que requiere el tiempo libre… estética prestigiosa… contemporáneo, compacto, polifacético…”. ¡Caramba! El pobre redactor de tan manido texto se ha visto obligado a meter ‘con calzador’ los adjetivos; que para cualquiera son sólo eso, palabras sin vida.

Leo sin embargo, en una revista británica (‘Classic Car’), un comentario acerca de un antiguo modelo de la misma marca. “Aún no he empezado a conducirlo; sim­plemente me he sentado detrás, mientras me embriago con el aroma de la piel, festejo el brillo profundo de la madera de raíz, disfruto de la caricia de sus terminaciones interiores, hoy sustituidas por los modernos moldes de inyección… Acabaría antes diciendo que éste es uno de los grandes interio­res de todos los tiempos, y eso se percibe mejor cuando no estás al volante. Es en el asiento trasero desde donde puedes apreciar el efecto en toda su magnitud…”. ¡Bingo! Qué pocos adjetivos y sin embargo cuántas sensaciones brotan en nuestra imaginación.

Sería un insulto a la inteligencia tratar de explicar más la dife­rencia entre ambos textos. Lo cierto es que parece que cada vez más la publicidad elabora textos para que el cliente se vea reflejado en ellos, y por eso coloca de cualquier manera todos los adjetivos que supone que éste quiere ver, pero que luego al verdadero destinatario le producen indife­rencia, o peor, la sensación de estar ante pura propaganda. A lo mejor ese es el matiz: los coloca. Sin embargo, no los dice, no los sugieres, no nos lo hace sentir ni con la mitad de intensidad que un buen texto de revista.

Al final, como siempre, triunfarán sólo los mejores textos. Mucho se habla de las nuevas formas de publicidad, en el mundo 2.0, pero ¿no habría que cuidar un poco más los textos, y empezar a pensar que es necesario poner más interés a la hora de utilizar esa gran herramienta del marketing que es la palabra.

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