‘Cortos de Fondos’ 35/258

“El pensamiento debe de ser una de las pocas cosas de este mundo que no hacen ningún tipo de ruido”, reflexionaba en silencio, cambiando ligeramente de postura debido a la dureza del asiento y a lo angosto de su puesto. “Incluso aunque esté uno pensando, es un decir, en el choque violento, pongamos a 210 kilómetros por hora, de sendos trenes de mercancías cargados respectivamente con una provisión de campanas nuevas para todas las iglesias de Andalucía, el uno, y tres o cuatro depósitos cisterna de nitroglicerina, el que sin embargo ha salido de Alcázar de San Juan con 10 minutos de antelación…”, se dejaba llevar por su desbordante imaginación.
“Fuera de bromas, lo que a nosotros nos parece silencioso como una tumba, como puede ser el crecer de una planta, puede a su vez resultar ensordecedor para los ácaros microscópicos que habitan en su tallo. Es como si a nosotros, por poner un ejemplo, nos depositasen de repente en el tronco de un árbol gigante, que dos máquinas no menos impresionantes están estirando asiéndolo por sus extremos”, razonaba para sus adentros, “con el consiguiente estruendo de sus “tripas” al astillarse, digo yo”.

En estas y otras prolijas reflexiones, no menos sesudas pero igualmente fantasiosas, sobre el ruido y sus posibilidades andaba imbuido mientras la ceremonia transcurría con normalidad. Se trataba de las exequias por el fallecimiento del padre de su esposa, que como buen prohombre tenían lugar en la catedral. Tal vez era la propia majestuosidad del recinto –donde destacaban como en pocos otros entornos tanto el murmullo humano del rezo continuo, como las toses y los disparos de flash de los inoportunos turistas– lo que le tenía tan ocupado y preocupado.

Desde luego, la muerte de su suegro, no, pues muy a su pesar dejaba una herencia que, aun repartida, le auguraba un futuro de lo más halagüeño. Vamos, como para poder dedicarse a la contemplación.

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