Le debía esto a ‘Zara’

Fue un mal otoño. De hecho, por aquel entonces –hace algo más de una década– todos lo eran. El mero hecho de volver a la rutina, tras el merecido descanso estival, era una especie de pesadilla de la que no salía hasta bien entrado el mes de noviembre. Pero aquel fue especialmente amargo, porque terminó conmigo delante de una triste camilla de clínica veterinaria; allí aguardaba, confuso y cabreado, a que a mi perra ‘Zara’ le hiciese efecto el llamémoslo ‘sedante’ que debía acabar con su sufrimiento, y de paso con su vida.

Por suerte, todavía no sé lo que es ver fallecer a alguno de mis padres, aunque sé que me va a tocar más tarde o más temprano. O lo que es peor, tener que concertar con tus hermanos la decisión de que se le administre un llamémoslo ‘sedante’, si lo suyo es terminal e irreversible. Pero se me hizo muy dura la decisión de poner fin a la existencia de uno de los seres vivos que más alegrías me ha dado en esta vida; ojo, sin pedir nunca nada a cambio.

No se trata de que fuese una perra especial –que desde luego, al menos para mi, lo era–, sino que como todas las perras era cariñosa, fiel, leal hacia todos los habituales de mi casa y siempre dispuesta a recibirte con alegría y ganas de jugar, por mucho que yo regresase a casa hecho un basilisco. A cambio, la quería y me ocupaba de ella con diligencia. Desde luego, no llego a ser de esos millonarios excéntricos que le legan a su mascota una millonada, pero la quería, y le debía este sincero homenaje.

Guardo su último collar para recordarla, y ahora que lo pienso no estoy seguro si de haberme sobrevivido ella a mi no le habría dejado una parte de mi enorme fortuna.

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