Otro mundo, en éste

Ahora que parecen empezar a escucharse las voces de los ‘altermundistas’, proponiendo que pasemos al plan B, pienso yo que simplemente si no existiesen los espejos; si los seres humanos fuesemos incapaces de observar nuestro reflejo en el agua o en cualquier otra superficie brillante, como el mármol; si no existiesen las cámaras que permiten que nos graben o fotografíen para vernos posteriormente; en una palabra, de no existir modo alguno de apreciar que nuestro aspecto difiere al de los demás, y colegir de ello que habemos de ser diferentes, el mundo sería un lugar más agradable para vivir. Y lo pienso –y además lo escribo– porque la gente sería más generosa y solidaria, y mostraría una mayor empatía hacia los demás, creyéndoles iguales a uno. ¿Por qué habría yo de portarme mal con alguien que es como yo? ¿Es que acaso me gustaría que otros obraran así conmigo?

¿Ve alguien por donde voy? En algún momento de la evolución de amebas saltarinas a simios que se afeitan y dicen disfrutar de la ópera, alguno de nuestros genes mutó y nos obliga a autoafirmarnos y a querer diferenciarnos de los demás por el egoista método de tener más o al menos de parecer más. Lo que lleva necesariamente al egoismo, a la insolidaridad y a esa curiosa autoamnesia voluntaria sobre seres humanos las están pasando canutas mientras uno disfruta de un vermut en la terraza de un lujoso ático con vistas a la Torre Eiffel.

Así que si de verdad desea uno poner su granito de arena para colaborar con la solución de no pocos de los problemas de los que aflijen a la humanidad, y que tienen una solución accesible y asequible, –vamos, a nuestro alcance–, lo primero que tiene que hacer es dejar de verse tan diferente a los demas. Porque no lo somos.

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