‘Cortos de Fondos’ 26/258

Me siento tan solo dando vueltas alrededor de la Tierra aquí, en el espacio exterior. Estoy solo y me siento solo. Escribo para ordenar mis ideas, para no volverme loco.

La nave que me transportó a la estación espacial quedó inmovilizada nada más llegar, y no funciona ninguno de los sofisticados sistemas de comunicaciones instalados. Hace tiempo, al menos un mes, que deberían haber enviado una nave de auxilio desde allá abajo; pero quizá, como dispongo de provisiones más que suficientes, tal vez no se hayan planteado mi rescate como un asunto de suma urgencia.

De hecho, ahora que lo pienso, al jefe del inútil departamento de Psicología se le puede haber ocurrido que tiene oportunidad única para llevar a la práctica una vieja idea de su gremio: estudiar los efectos de la soledad espacial en la psique y en el organismo humano. De hecho, ya lo propuso en una ocasión, pero la oposición del resto del comité, incluida la mía, fue tan abrumadora que desistió rápidamente. Recuerdo que entonces ya argumenté que ni con un voluntario se podía correr el riesgo de que un hombre se volviera loco para satisfacer la insana curiosidad de un pseudocientífico.

¿Habrá problemas para enviar la nave de rescate? No es posible. Tres transbordadores están dispuestos permanentemente para cualquier urgencia de este tipo ¿Me estarán utilizando como conejillo de Indias? ¿Serán tan cabrones? No, seguro que estoy desbarrando.

Repaso mentalmente uno por uno por enésima vez a los responsables de la misión espacial. Por un hallazgo científico, por poner su nombre en la historia de la ciencia, son capaces de cualquier cosa. Pero ¿quiénes podrían obtener provecho y fama del estudio de mi soledad? Solo se me ocurre una persona: el inútil director del absurdo departamento de Psicología. A ningún otro podría interesar. Y el único que tiene autoridad en el equipo para posponer indefinidamente mi rescate es el jefe de Control de la Misión, buen amigo mío. El descerebrado del psicólogo no le puede haber convencido para que adopte tan inhumana decisión.

En la estación espacial hay provisiones para cinco años. Es a todas luces excesivo. Recuerdo la reunión en que el psicólogo recomendó atiborrarme de píldoras alimenticias. Ocupan poco y pueden ser utilísimas en imprevistos, aseguró. Cuando le oí tal cosa pensé que estaba improvisando estupideces para justificar su sueldo, y expresé este pensamiento en voz alta. Obtuve como respuesta una unánime mirada torva, y la propuesta del psicólogo fue aprobada en contra de mi opinión. De eso ha pasado casi un año.

La misión que me ha traído aquí consistía en transportar instrumentos y provisiones a la estación espacial y regresar al cabo de un mes, tras instalar los aparatos y efectuar las comprobaciones rutinarias. No se para qué demonios escribo todo esto, pero me ayuda a distraerme. Por eso, para no recalentar mi cabeza pensando siempre lo mismo, hice mi trabajo, aunque carecía de cualquier posibilidad de comunicarme con la Tierra. Mientras estoy ocupado me es más fácil confiar en un repentino rescate.

Acabo de recordar que el anterior visitante de la estación fue el psicólogo, que viajó con una impresentable tarea relacionada con su rama del conocimiento, a la que también me opuse. ¿ Habrá sido capaz de sabotear adrede las comunicaciones?

Pero el jefe de control no aceptaría nunca que experimentaran así conmigo, y enviaría una nave de rescate de inmediato. Es posible que la primera haya tenido problemas, lo que justificaría su tardanza.

El jefe y yo somos amigos. Compartimos nuestros problemas, nuestros  secretos. Recuerdo que una semana antes de mi partida me contó, en un aparte confidencial, que probablemente lo iban a ascender .

Me temo que ya sé quien ha ocupado su lugar.

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