‘Cortos de Fondos’ 23/258

Era cuestión de tiempo que capturasen al conde. Lo que no dejó de ocasionar una cierta polémica sobre si merecía que lo decapitaran o no. La decisión no era sencilla, pues el pueblo quería sangre –¿alguna vez no?– por los daños causados, y sus caballeros venganza por las bajas ocasionadas por el ilustre reo y sus huestes.

No sin arduas discusiones, logró este privilegio, quizá gracias a que su enemigo y vencedor era, como él, aristocrata.

Por supuesto, antes fue torturado. Le descoyuntaron minuciosamente todas y cada una de las articulaciones del cuerpo, y luego le serraron minuciosamente los dedos, las muñecas, los tobillos y los codos. Optaron, mientras  lo reanimaban por vigesimocuarta vez, que se animarían a continuar por los hombros, antes de proceder con ambas rodillas y con las ingles.

Finalmente, le arrancaron los ojos y le seccionaron la lengua.

Cuando estaba a punto de fallecer, un verdugo venido especialmente de la capital del reino le decapitó, poniendo fin a sus días.

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