Nadal, el deshabitado

Criticar a un héroe popular conllevaría hacer frente a innumerables comentarios despectivos. Si este cuaderno de bitácora fuese leído por alguien más que por un servidor, y además admitiese que alguien que no sea yo andase correteando por los pasillos del ‘blog’ y saltando sobre el sofá de los comentarios, claro. Pero no es el caso, así que me puedo explayar a gusto con un deportista célebre, que mira tú por donde, es español. Motivo por el cual es alabado en bares, oficinas y redacciones de descerebrados periodistas deportivos.

A mi, sin embargo, me parece un pobre diablo bajo su careta de afable, majete y de individuo que rebosa deportividad hacia sus rivales; se me asemeja al personaje de la obra de Rafael Alberti “El Hombre Deshabitado”. Ha incumplido la letra invisible de su contrato con al menos un espectador, yo, y se ha tornado para mi en un cero a la izquierda; en un machadiano bostezo de hastío de casino provinciano.

Que no me engaña, vamos. Corrían los primeros años del 2000 y quien estas líneas suscribe le vio perder en Madrid. Fue en un partido del Open que la capital celebraba a la sazón para regocijo de los aficionados al deporte de la raqueta. Vamos, antes de que este torneo se volviese un encuentro ineludible de imbéciles y retrasadas del famoseo patrio. Y sucedió de manera inopinada en cuartos de final y ante un tenista alemán, creo recordar, a quien se acercó a la red a saludar con hipocresía tras la derrota. Pues bien, el gesto de desprecio que le brindó, la mala gana con la que estrechó su mano, y las palabras que masculló surtieron el efecto deseado por él, y predispusieron al público madrileño de tal modo contra el deportista germano que, en su siguiente partido, fue abroncado de tal modo y de una manera tan desproporcionada que hubo de desentenderse prácticamente del partido para acabar lo antes posible y salir cuanto antes, me imagino, camino del aeropuerto de Barajas con rumbo a su casa.

Así que cuando le veo hacerse el bonachón sonrío con esa expresión del que sabe algo más. Que a este tipo ya no le bastará con ganar; que por muchos trofeos que levante, cualquier contrariedad le mortificará hasta lo insoportable, como sucede con todo soberbio. Yo he visto jugar a McEnroe. Tengo la desgracia de sobrepasar el medio siglo y de haber disfrutado con el juego de aquel agitador, de aquel violento y posesivo amante del tenis. Hasta su llegada, este deporte había sido un ejercicio cortesano concebido para que los actores se disculpasen con cualquier pretexto: un rebote desafortunado, un imperceptible gesto de desagrado o un estornudo fuera de programa. Al precio de ser llevarse para siempre con él el sambenito de cascarrabias oficial, el estadounidense acabó con tanta tontería. Porque el tenis, decía, es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de menestrales. Su estilo inconfundible no fue del agrado de la masa, que cuando llegó el momento cayó en la tentación de aplaudir sus fracasos. Seguro que Nadal estaba en las gradas.

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