‘Cortos de Fondos’ 25/258

Las tres jóvenes se dirigieron a la fiesta vistiendo sus mejores galas. La vereda que las conducía al campo de baile estaba apenas iluminada por unas bombillas diseminadas displicentemente por la compañía de electricidad, y era noche cerrada, pero las mujeres no albergaban temor; al contrario, charlaban alegres, dispuestas a pasarlo mejor que nunca. Iba a ser la mejor de todas las fiestas, la más concurrida que jamás se había celebrado en la comarca. Habría hombres de sobra para escoger, pues por primera vez asistía el millar largo de trabajadores de la nueva fábrica de las afueras del pueblo.

Su conversación no podía dejar más a las claras sus intenciones para la velada:

–”Yo pienso ignorar a todos los hombres que no lleven zapatos de piel de cocodrilo brillantes como patenas”.

–”Y yo solo pienso bailar con los morenos de ojos verdes que tengan un precioso hoyuelo en la barbilla”.

–”Pues yo me arrimaré únicamente a los más altos que vistan los trajes más caros”.

Así siguieron su camino hasta que les salieron al paso tres hombres que respondían respectivamente a los descripciones que habían dado cada una de ellas: uno llevaba los zapatos de piel de cocodrilo deslumbrantes de puro limpios, otro era de piel oscura y de ojos verdes y tenía un gracioso hoyuelo que le dividía en dos el mentón, y el tercero, muy espigado, llevaba un atuendo carísimo, a juzgar por la marca que figuraba en la solapa de la americana. Pero los hombres pasaron de largo con paso apresuro, sin siquiera mirarlas. Entonces las mujeres dijeron:

–”¡Qué hombres más aburridos¡”.

–”¡Se van de la fiesta cuando apenas acaba de empezar!”.

–”Menos mal que nos los hemos encontrado aquí, sino podríamos haber cometido una tontería que hubiera echado a perder la diversión”.

Anduvieron unos instantes en silencio, a buen paso, hasta que una de ellas dijo:

–”Mejor será que pensemos en otros acompañantes para la fiesta. Yo solo bailaré con los que tengan un anillo con una piedra preciosa en algún dedo de la mano derecha”.

–”Y yo aceptaré únicamente las propuestas de hombres que lleven peluquín con mechas rubias”.

–”Pues yo elegiré solo a aquellos que usen bigote y gafas con montura plateada”.

Casi no habían terminado de pronunciar sus predicciones cuando, al cabo de unos minutos, se cruzaron con tres hombres que encajaban en estas descripciones y que marchaban con prisa. Como el trío que les precedió, pasaron sin reparar siquiera en ellas.

Las jóvenes cambiaron de nuevo de objetivo, y de tres hombres que correspondían a sus proyectos pasaron a su lado sin prestarles atención. Treinta y dos veces sucedió algo similar, y otras tantas creció el malhumor de las jóvenes. Se encontraban apenas a unos 200 metros del campo de la fiesta, con la orquesta dejando ya sentir su presencia, cuando dijo una de ellas:

–”¿Sabéis qué? Yo bailaré con el que me dé la gana, sea quien sea y como se llame”.

–”Pues yo estaré con el que me apetezca, lleve lo que lleve y como lo lleve”.

–”Pues yo procuraré que me elija cualquiera”.

Al poco rato oyeron un murmullo que se hacía más fuerte por momentos . Parecía el confuso redoble causado por las pisadas de una manada que se acercaba alocadamente por la vereda. Las muchachas escuchaban asombradas sin saber que hacer, pues lo desconocían casi todo sobre las estampidas. Cuando al fin observaron que se trataba de un compacto y numeroso grupo de hombres a la carrera, su parálisis fue total, y al poco tiempo las tres feas fueron atropelladas y pisoteadas hasta la muerte.

 

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