Un genio venido a menos

¿Dónde ha ido a parar todo aquello que pensé cuando era un chaval? ¿Qué fue de mis grandes planes, mis ideas geniales, las reflexiones poco frecuentes para alguien de mi edad, y aquellas prolijas elucubraciones antes de tomar una decisión o de ponerme a hacer algo?

¿Estaré siendo algo pedante, o es que acaso tengo un exagerado recuerdo de mí mismo, viéndome tan sesudo a tan temprana edad? El caso es que sí que pasaba buena parte de mi tiempo de ocio dándole vueltas a la pensadera sobre todo lo habido y por haber.

Para los niños, el invierno es más monótono, por aquello de la disciplina escolar –es cierto que hay momentos maravillosos, como las Navidades, pero que no dejan de ser oásis–, mientras que la época estival anima al relajo y a la bohemia. Mi familia y yo pasábamos el verano en San Lorenzo de El Escorial, y mi jornada diaria consistía en saltar de la cama mucho antes de lo que se esperaba de un preadolescente, meterme el desayuno en el cuerpo como si me persiguioera un tigre de Bengala, coger la bicicleta y perderme hasta la hora de comer. Y tras el almuerzo, escapaba de nuevo en busca de la soledad.

A diferencia de mis dos hermanos, que preferían echarse una siesta en alguna de la fantástica colección de hamacas multicolor que teníamos en el jardín, yo me pasaba las sobremesas pedaleando cuesta arriba y cuesta de nuevo arriba –las estribaciones del monte Abantos es lo que tienen…–, a pesar de lo cual ellos estaban delgados como palillos y sin embargo mi barriguilla era proverbial. Cosas de la naturaleza. Pero no nos perdamos. ¿Se habrá cumplido alguna de mis predicciones de entonces? ¿Seré lo que decidí entonces? ¿Habré llevado a cabo una sola de las cosas que me prometí cuando era un chaval?

Y si no es así, ¿qué?

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