‘Cortos de Fondos’ 16/258

Cerró los ojos. Había comprendido, justo a tiempo, que no podía almacenar ni una idea, ni un sólo dato más. Cualquier información, aún acerca de la habitación en la que se encontraba o sobre la ropa que vestía en aquel momento, haría que su cerebro estallase en mil pedazos.

Y cualquier sinapsis podía ser la mecha… Por eso se tapó también los oídos. El mero hecho de pensar en todo ello hacía que le palpitasen las sienes, y el dolor de cabeza comenzó a ser tan insoportable que no tuvo más remedio que adoptar una solución de emergencia: borrar algunos recuerdos, cosas aprendidas que no tuviesen relevancia o ideas inservibles para dejar hueco a otras nuevas.

¿No dicen los científicos que raramente llegamos a emplear la quinta parte de nuestra capacidad mental? Pues él creía haber  alcanzado el 99,9%
Le había sucedido a menudo con sus ordenadores, y con otros dispositivos electrónicos de almacenamiento: guardaba tal cantidad de interminables estudios y documentos, y de pesadas imágenes, por temor a que alguna vez le hiciesen falta, que de vez en cuando tenía que realizar limpieza por problemas de espacio, de capacidad del disco duro. Pues bien, eso mismo parecía sucederle ahora con su cabeza. Lo cual, naturalmente, suponía un riesgo de desbordar su capacidad cerebral e irse al otro barrio de un triste derrame.
Así que se aplicó poco a poco a la tarea de deshacerse de recuerdos de su primer matrimonio, de experiencias de trabajos anteriores, del amargo sabor que le quedó del servicio militar en África, de vacaciones estivales que no hubiesen alcanzado un mínimo no poco exigente de satisfacción personal… Pero lo que tienen este tipo de tareas de limpieza selectiva es que acaban por ser intelectualmente agotadoras, mientras decides de qué te deshaces y de qué no, y poco gratificantes, porque después de horas y horas de dedicación exclusiva, la eliminación de recuerdos ya de por sí no demasiado interesantes apenas surtió efecto y le dió para un par de días de nuevas experiencias y derenovadas ansias por ponerse al día en mil y un asuntos, de vitale interés para una mente inquieta como la suya.

De modo y manera que comenzó a acelerar el proceso, al tiempo que era conscientemente menos cuidadoso a la hora de eliminar ideas, datos, recuerdos, informaciones, sensaciones, manías, conocimientos… Y en una de esas se llevó por delante la obsesión de esta dicha periódica. Momento a partir del cual su cerebro se ocupó de hacerlo de modo automático, como sucede con el común de los mortales. Y tan bien lo hizo que nunca más, en los 26 años de vida que tuvo aún por delante, volvió a pensar tamaña insensatez.

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