Sociópata ya a las 10 de la mañana

No hace aún ni un par de horas que he bajado a desgana de la piltra, y ya he redactado mentalmente una lista con no menos de media docena de desgraciados que merecen, si no directamente la muerte, sí al menos un castigo ejemplar. Empezando por elretrasado mental del vecino cuyo despertador suena cada mañana ocho minutos antes que el mio. ¿Qué imbécil necesita despertarse a las 7,22 h. de la mañana? Y sobre todo, ¿qué necesidad tiene este mundo de que alguien así siga consumiendo oxígeno y otros recursos cada vez más escasos?

Luego está ese otro que, una vez en el ascensor, me hace subir innecesariamente tres pisos porque lo ha llamado a sabiendas de que estaba ocupado. Huelga decir que no pide ningún tipo de disculpas. Y eso es mejor, porque probablemente no aguantaríá compartir esos seis metros cúbicos encerrado, durante los 12 segundos que dura el trayecto, con un individuo cuyo aliento empeña el espejo… Claro que en esas estoy cuando he de soportar al malnacido que ha viajado antes en el elevador y ha sido incapaz de aguantar sus ganas de fumar hasta llegar a la calle, dejando el ascensor lleno de inmundo olor a cenicero.

El cuarto de mi lista mental es el nacido por error que ha adoptado la costumbre de robar a diario el periódico al que estoy suscrito. A él se suma el conserje de la portería contigua a mi edificio, quien riega cada mañana a manguera el trozo de acera correspondiente a su finca, empapándolo todo de agua sin importarle manchar de barro los coches estacionados, entre los cuales se encuentra naturamente el mio. Un edificio, por cierto, en la que vive la bastarda miope esa que riega las plantas de su terraza como si estuviese echando baldes sobre la cubierta de un yate, sólo que vierte la mitad del cubo sobre el vacío que da a la calle sin importarle un ápice el resto del mundo. ¿Por qué habrían de hacerlo entonces los peatones que acertamos a pasar por allí en ese momento

Está el hijoputa que aparca en seguda fila y se mete tranquilamente a desayunar en la cafetería de la esquina, mientra tú te matas a tocar el claxon. Y también el retrasado que te hace aspavientos desde lejos para que dejes de hacer ruido, que le molestas mientras pasea al chucho que se defeca invariablemente a lo largo y ancho de todo el boulevard, para desesperación de los viandantes despistados. Se acercan las 9,30h de la mañana y aún no me he metido en la jungla del tráfico, donde a buen seguro que seguirá haciendo amigos.

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