‘Cortos de Fondos’ 11/258

Gracias a la silla vacía destapamos a otro traidor, aunque seguro que no era esa su intención; quiero decir que la silla vacía no quería ayudarnos a descubrirlo. Al contrario, pienso que pretendía que nos delatase, para consumar así su venganza. Pero le salió el tiro por la culata.

Quizá convenga explicar, antes que nada, que éramos un grupo de amigos que nos habíamos reunido, ya de noche, en una cafetería. Bueno, en realidad éramos algo más que amigos; formábamos una especie de  logia criminal, unida como suele ser habitual en este tipo de hermandades por una estricta ley de solidaridad y silencio.

Éramos 12, y tuvimos que juntar tres mesas para poder agruparnos. En el trasiego se produjo la lógica descolocación de las sillas, algunas de las cuales quedaron en situaciones ciertamente ridículas. Pero hubo algunas –ahora no sabría decir cuantas– tres o cuatro más o menos, que estaban bien situadas. Se ve que los miembros más próximos a estas,  excepto uno, las utilizaron para sentarse. Las demás tuvimos que asir las que se hallaban desperdigadas.

Fue al terminar de acomodarnos, y no antes, cuando nos dimos cuenta de la existencia de la silla vacía. Para que se hagan una idea, había seis sillas a cada lado de las tres mesas agrupadas, y una en la cabecera. El otro extremo de la mesa estaba apoyado en una  pared del fondo del bar. La ubicación de las sillas no podía ser más simétrica; parecía como si hubiéramos medido las distancias con una regla. Y allí, en uno de los  lados, concretamente en el tercer lugar contando desde el fondo, estaba la silla vacía.

Excepto un par de camareros y nosotros 12, no había nadie en la cafetería. Ni siquiera estaban esos habituales de todo establecimiento hostelero, que suelen comentar a voces lo que quiera que estén retrasmitiendo por televisión. Digo esto para que se hagan una idea de la magnitud de los silencios cuando se  apagaban  las charlas  de nuestro nutrido grupo. Y desde el principio hubo muchos silencios; las conversaciones empezaban sin entusiasmo, y nadie parecía poner el menor interés en evitar que languidecieran. Al principio fue un alivio la presencia del camarero que nos tomó nota, y más tarde nos consoló la certeza de su próximo regreso con las bebidas. Pero después ya no hubo más alivio ni consuelo.

La presencia de la silla vacía nos dominaba. Se había convertido en el centro de la reunión. Nadie lo decía, pero todos la vigilábamos con discreción. Si alguien iniciaba un tema de conversación, parecía que los demás esperásemos a conocer la opinión de la silla vacía. Eran evidentes los esfuerzos de cada uno de nosotros por no desviar la vista hacía ella; nadie se atrevía a mirarla abiertamente.

Mediada la tertulia pensé que los tres más cercanos podrían correr sus puestos, o bien que podría ocuparla el que estaba sentado en la cabecera. Pero no lo propuse, porque sería como reconocer la importancia que había adquirido aquella silla vacía. Seguro que los demás pensaron lo mismo que yo, pero les atenazó un temor similar.

No podría decir cuantos minutos pasaron, pero a mi se me antojaron días; días de desazón y de angustia. Fue el que estaba sentado enfrente de la silla vacía el que se levantó con los nervios destrozados y le gritó al camarero que llamara a la policía, que quería denunciar el asesinato colectivo de un compañero que había traicionado nuestro secreto. Naturalmente ninguno de los camareros le hizo el menor caso.

De allí fuimos a otra cafetería, y nos cuidamos mucho de que hubiera más de 11 sillas en torno a nuestras mesas.

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