‘Cortos de Fondos’ 5/258

Recibió al tercero de la tarde, en puridad su primero, “por gaoneras”. Esto es, de frente, inmóvil, echando lentamente hacia la izquierda el capote, cogido con las dos muñecas, muy juntas, y elevándolo para, haciendo pasar brevemente el brazo derecho sobre su rostro, dejar caer ambos a su espalda y ofreciendo de este modo su escueto pero musculoso cuerpo, silueteado sobre el amarillo de la lona, a la brutal embestida del morlaco. En otra plaza de mayor tronío –ya se sabe: Las Ventas de Madrid o la Maestranza sevillana– el bicho hubiese sido drogado de antemano, menguando de ese modo su arrancada, en concreto, y su casta, en general. Pero eso, en la Plaza de Zamora, era pecado de lesa majestad para quien ostentaba su presidencia desde hacía cerca de tres lustros: el otrora banderillero, primero, y sargento de la Benemérita, después, Venancio Palazón.

Así, estaban quienes le recordaban como El Matarile, de su paso por los alberos, pues se encargó de apuntillar con saña a más de un centenar de animales durante su afortunadamente corta carrera taurina. Y también quien aún tenía pesadillas con Cintopresto, este otro alias de su estancia en el Cuerpo; huelga decirlo que merced a su endiablada habilidad para sonsacar, a base de cinturonazos, la verdad –o lo que fuese…– sobre cualquier fechoría de naturaleza adolescente y local: desde el “terrible” robo de unas manzanas en una finca privada de frutales, a la travesura no menos intrascendente de asaltar con nocturnidad alguna mansión abandonada.

Pues bien, haciendo honor a su despiadada leyenda, El Matarile negó a los diestros la posibilidad de ver siquiera las reses antes de la corrida. Nada de ver previamente al contrario y estudiar una estrategia. Al enemigo hay que arrostrarlo y entonces, y sólo entonces, decidir cómo se le va a vencer. Porque se le va a vencer…

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