3.652 días para jubilarme

Que nooooooo. Que no todas las entradas van a ser historias del ‘abuelo Cebolleta’, presumiendo de lo mucho que ha vivido o de la purrela de años que ha cumplido. Pero esa edad provecta sí que me permite asistir una y otra vez a las mismas situaciones que hacen de cada semana un calco de la anterior. Y lo digo como queja, que conste. No soy de esos imbéciles que todavía, después de la que está cayendo, salen con aquello de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy…”. Que se queden ellos igual de tarados no debería de preocuparnos, salvo por el hecho de que no son mudos, ni mancos, y o bien lo vocean en el bar o en el pasillo de la oficina, o bien lo garrapatean en su columna semanal.

Bueno, a lo que iba. Cada viernes a estas horas hago balance de la semana laboral, antes de abandonarme a la molicie sandunguera del fin de semana. Y lo que me viene sucediendo, desde que tengo mi propia media empresa –la otra media no es de mi socio, es del ICO–, es que comprendo al ‘yankee’ que inventó aquello de “Gracias a dios es viernes”. ¿Es que no puede transcurrir un sólo periodo lunes-viernes sin que haya que desasnar a dos o tres necios, reconvenir a otros tantos gañanes o poner en su sitio a la legión de desnortados que se acercan a uno con la intención de amargarle la existencia con su poquedad?

Vale. Tranquilo: es viernes. Que luego te sale por una pasta en psiquiatras. Piensa que sin clientes tampoco podrías estar. Bueno, sí, pero en lugar de medio chiringuito con ánimo de lucro tendrías media fundación. Claro que si la otra media pertenece a Urdangarín, se acabaron todas tus penas. Así que nada de desear cosas raras; que luego te pasa como al de la fotografía –eso eran carreras, y no lo de la F1 actual– y ¿entonces qué? ¿A improvisar con genialidad, como siempre? Bueno, es un plan.

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